En las riberas del río Atrato, donde la selva chocoana abraza aldeas que parecen olvidadas por el progreso pero no por Dios, las comunidades cristianas afrodescendientes e indígenas continúan siendo testimonios vivos de una fe que resiste a la violencia y florece en medio de la adversidad. A pesar de que grupos armados ilegales disputan el control territorial de esta región rica en biodiversidad y recursos minerales, los templos evangélicos, católicos y las casas de oración ancestrales permanecen como faros de esperanza en la oscuridad del conflicto.
"Aquí no necesitamos que nos prediquen sobre la cruz, nosotros la vivimos cada día", dice con voz serena Esperanza Mena, líder de la comunidad de Bojayá, mientras señala la capilla reconstruida donde en mayo de 2002 murieron 119 personas durante una masacre que conmocionó al país. "Pero también sabemos de resurrección, porque cada vez que intentan callarnos, nuestros cantos se escuchan más fuerte por todo el río".
La fortaleza de la liturgia ribereña
En Quibdó, capital del Chocó, la catedral de San Francisco de Asís se ha convertido en refugio no solo espiritual sino literal para centenares de desplazados que llegan desde los corregimientos rurales huyendo de enfrentamientos entre grupos armados. El obispo Juan Carlos Barreto Franco explica cómo la Iglesia local ha adaptado su pastoral a estas dramáticas circunstancias: "Celebramos eucaristías de acogida tres veces por semana, donde las familias recién llegadas pueden expresar su dolor y encontrar consuelo en la comunidad de fe".
Las comunidades evangélicas también han desarrollado estrategias pastorales únicas. En Riosucio, la Iglesia Pentecostal Unida, liderada por el pastor Aurelio Mosquera—quien perdió dos hermanos en medio del conflicto—ha creado "células de resistencia espiritual" que se reúnen en casas particulares cuando la situación de orden público impide los cultos dominicales en el templo principal.
Música sacra como escudo protector
Una de las manifestaciones más poderosas de esta fe militante es el canto. Los alabaos, cantos fúnebres tradicionales del Pacífico que mezclan elementos católicos con tradiciones ancestrales africanas, han evolucionado para incluir súplicas específicas por la paz. "Cuando cantamos, los grupos armados respetan", explica María del Socorro Córdoba, cantaora de 73 años de Istmina. "Es como si supieran que hay algo sagrado que no se puede tocar".
El coro de la parroquia San Antonio de Padua en Istmina ha grabado un álbum titulado "Cantos del Atrato", que incluye himnos compuestos durante los momentos más duros del conflicto. "Señor de los milagros, protege nuestro río", reza uno de estos cantos, interpretado durante las procesiones nocturnas que se realizan cuando el toque de queda impuesto por grupos armados lo permite.
Testimonios de resistencia pacífica
En el corregimiento de Pogue, a tres horas en lancha desde Quibdó, la comunidad cristiana ha desarrollado lo que denominan "liturgias de la memoria". Cada primer domingo del mes, católicos y evangélicos se reúnen para orar por las víctimas del conflicto, mencionando por nombre a cada persona asesinada o desaparecida en los últimos 20 años. "Es nuestra forma de decirles a los violentos que nosotros no olvidamos, pero tampoco odiamos", explica el diácono permanente Máximo Rentería.
Estas liturgias han llamado la atención del Papa León XIV, quien en su carta apostólica "Ad Pacificum Chocó" (Hacia un Chocó en Paz), publicada en septiembre pasado, elogia el testimonio de estas comunidades: "En las selvas de Colombia, donde pareciera que reina la ley del más fuerte, las comunidades cristianas nos enseñan que la verdadera fuerza está en la mansedumbre del Evangelio".
Educación cristiana como herramienta de transformación
A pesar de las limitaciones económicas y la violencia, las iglesias del Chocó han mantenido programas educativos que combinan la formación académica con valores cristianos. El Instituto Técnico San José de Condoto, dirigido por las Hermanas Franciscanas de María Inmaculada, atiende a 450 jóvenes de comunidades rurales, ofreciéndoles no solo bachillerato sino formación técnica en acuicultura y manejo sostenible de recursos naturales.
"Nuestros muchachos aprenden que pueden sacar oro del río sin destruir la naturaleza, igual que pueden sacar esperanza de su corazón sin odiar a quienes los han lastimado", dice la hermana Mercedes Angulo, rectora del instituto. El 87% de los graduados han continuado estudios superiores o han creado microempresas familiares, resistiendo así a la tentación del reclutamiento por grupos armados.
Pastoral fronteriza e intercultural
La frontera entre Chocó y Panamá ha generado una pastoral intercultural única. En Unguía, la parroquia Nuestra Señora del Carmen atiende simultáneamente a comunidades colombianas, panameñas y grupos de migrantes en tránsito hacia Estados Unidos. El padre panamense Julián Mendoza, quien lleva 8 años sirviendo en esta parroquia, ha desarrollado "misas sin fronteras" que se celebran exactamente en la línea divisoria entre ambos países.
"Cristo no conoce pasaportes ni documentos", dice el padre Mendoza. "Aquí hemos visto cómo familias separadas por la violencia se reencuentran durante nuestras celebraciones, y cómo hermanos de diferentes nacionalidades comparten el mismo pan eucarístico".
Iniciativas de desarrollo integral
Las comunidades cristianas del Chocó han desarrollado proyectos productivos que combinan la fe con el mejoramiento de condiciones de vida. En Bahía Solano, la Fundación Cristiana "Siembra y Esperanza", liderada por pastores evangélicos locales, ha capacitado a 200 familias en técnicas de pesca sostenible y cultivos hidropónicos, generando ingresos alternativos al monocultivo de coca que algunos grupos armados promueven por la fuerza.
"Nosotros sembramos vida mientras otros siembran muerte", dice el pastor Eliécer Palacios, coordinador de la fundación. "Cada familia que logra sostenerse dignamente con su trabajo es una victoria del Reino de Dios sobre el reino de las tinieblas".
El reto de la juventud
Uno de los mayores desafíos para las comunidades cristianas chocoanas es mantener a los jóvenes alejados del reclutamiento forzado. La respuesta ha sido la creación de "escuelas de liderazgo cristiano" donde adolescentes y jóvenes adultos reciben formación en resolución pacífica de conflictos, emprendimiento social y teología bíblica contextualizada.
Yurley Mosquera, de 19 años, graduada de una de estas escuelas en Tadó, cuenta su testimonio: "Cuando tenía 15 años, un grupo armado me propuso 'trabajo fácil' con buena paga. Pero en la escuela de líderes aprendí que mi verdadera vocación es servir a mi comunidad desde la fe. Hoy coordino un grupo de oración juvenil con 40 muchachos que han decidido seguir a Cristo en lugar de seguir las armas".
Esperanza que no se rinde
A pesar de las amenazas constantes, los líderes cristianos del Chocó mantienen una esperanza inquebrantable. Como dice Esperanza Mena desde Bojayá: "Si Jesús resucitó de entre los muertos, nosotros también podemos resucitar de entre tanta violencia. Cada nuevo día es prueba de que Dios no se ha olvidado de nosotros".
Esta fe resistente ha llamado la atención de organizaciones internacionales de derechos humanos, que reconocen en estas comunidades un modelo único de resistencia civil pacífica. En palabras del Papa León XIV: "El Chocó nos enseña que donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia de Dios manifestada en la fe sencilla de sus gentes".
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