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Más allá del activismo: Encontrando propósito eterno en nuestras acciones

Fuente: Coalición por el Evangelio

Vivimos en una cultura obsesionada con la productividad, donde nuestro valor parece medirse por cuánto logramos. Incluso en la vida cristiana, podemos caer en la trampa de pensar que mientras más "hagamos" para Dios, más espirituales somos. Pero cuando el hacer se convierte en un fin en sí mismo, perdemos el verdadero propósito que da sentido a nuestras acciones.

Más allá del activismo: Encontrando propósito eterno en nuestras acciones
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El peligro del activismo religioso

Jesús confrontó este problema directamente cuando visitó a María y Marta. Mientras Marta se afanaba con muchas tareas, María eligió "la buena parte" (Lucas 10:42) al sentarse a los pies de Jesús. Esta historia no condena el servicio, sino que establece prioridades claras.

"Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada." (Lucas 10:42)

El problema de Marta no era su deseo de servir, sino que había perdido el propósito central de su servicio: la relación con Cristo. Cuando el hacer reemplaza al ser, nos convertimos en activistas espirituales en lugar de discípulos auténticos.

La búsqueda de significado en las obras

Muchos cristianos intentan encontrar su identidad y valor en lo que hacen para Dios. Se miden por la cantidad de ministerios en los que participan, las horas que dedican al servicio, o el impacto visible de sus esfuerzos. Pero esta mentalidad puede convertirse en una forma sutil de justificación por obras.

Pablo advirtió contra esto: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe" (Efesios 2:8-9). Nuestra identidad debe estar arraigada en lo que Cristo hizo por nosotros, no en lo que hacemos para Él.

"Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe." (Efesios 2:8-9)

Cuando el servicio se vuelve ídolo

El servicio cristiano puede convertirse en idolatría cuando lo usamos para validar nuestro valor espiritual o para ganar la aprobación de Dios y otros. Los síntomas incluyen: agotamiento espiritual, resentimiento hacia quienes "no hacen tanto", incapacidad para descansar, y pérdida de gozo en la vida espiritual.

Jesús mismo modeló el equilibrio. A pesar de las multitudes necesitadas, Él se retiraba regularmente para orar (Lucas 5:16). Entendía que su identidad no venía de cuánto hacía, sino de su relación con el Padre.

El propósito primario: Conocer a Dios

El catecismo de Westminster comienza con una pregunta fundamental: "¿Cuál es el fin principal del hombre?" La respuesta: "El fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de él para siempre." Nuestro propósito primario no es hacer algo para Dios, sino conocerle y disfrutar de Él.

Pablo expresó esta prioridad claramente: "A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos" (Filipenses 3:10). Para Pablo, conocer a Cristo era más valioso que cualquier logro o servicio.

"A fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte." (Filipenses 3:10)

El hacer que fluye del ser

Esto no significa que las obras no importan. Efesios 2:10 continúa: "Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas." Las obras son importantes, pero deben fluir de nuestra identidad en Cristo, no crear esa identidad.

Cuando nuestro hacer brota de nuestro ser en Cristo, el servicio se convierte en expresión natural de amor, no en búsqueda desesperada de significado. Trabajamos desde una posición de descanso espiritual, no hacia una meta de aceptación.

Encontrando propósito en lo ordinario

Gran parte de la vida consiste en tareas ordinarias que pueden parecer carentes de significado espiritual: trabajo secular, labores domésticas, responsabilidades familiares. Pero cuando entendemos que podemos hacer "todo para la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31), incluso lo mundano adquiere propósito eterno.

"Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios." (1 Corintios 10:31)

Colosenses 3:23 añade: "Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres." Esta perspectiva transforma cada acción en un acto de adoración cuando se hace con la motivación correcta.

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La libertad de no tener que demostrar nada

Una de las grandes libertades del evangelio es que no tenemos que demostrar nuestro valor a Dios. Ya somos completamente amados y aceptados en Cristo. Esta realidad nos libera para servir desde el gozo, no desde la compulsión.

Juan escribió: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros" (1 Juan 4:10). Nuestro servicio es una respuesta de gratitud al amor ya recibido, no un intento de ganar ese amor.

Discernimiento en las oportunidades de servicio

Cuando entendemos que nuestro valor no viene del hacer, podemos ser más selectivos sobre las oportunidades de servicio. No tenemos que decir "sí" a todo solo para sentirnos espirituales. Podemos buscar la voluntad específica de Dios para nuestras vidas.

Jesús mismo no sanó a todos los enfermos ni resolvió todos los problemas. Él hizo lo que vio hacer al Padre (Juan 5:19). Nosotros también necesitamos discernimiento para saber cuándo decir "sí" y cuándo decir "no."

"De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente." (Juan 5:19)

La importancia del descanso

El mandamiento del sabbath no fue dado solo para el Antiguo Testamento—refleja un principio eterno sobre la naturaleza humana y nuestra relación con Dios. Necesitamos períodos regulares de descanso que nos recuerden que el mundo no depende de nuestros esfuerzos.

Jesús invitó: "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar" (Mateo 11:28). Este descanso no es solo físico sino espiritual—el descanso de tratar de ganar lo que ya hemos recibido gratuitamente.

Motivaciones puras en el servicio

Cuando nuestro hacer brota del verdadero propósito—glorificar a Dios y disfrutar de Él—nuestras motivaciones se purifican. Ya no servimos para impresionar a otros o para sentirnos mejor acerca de nosotros mismos. Servimos porque hemos sido amados y queremos compartir ese amor.

Pablo escribió: "Porque el amor de Cristo nos constriñe" (2 Corintios 5:14). El amor, no la culpa o la compulsión, debe ser el motor de nuestro servicio.

"Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron." (2 Corintios 5:14)

Fructífero sin estar frenético

Jesús prometió que si permanecemos en Él, llevaremos "mucho fruto" (Juan 15:5). Pero este fruto viene del permanecer, no del esforzarse. Hay una diferencia entre ser fructífero y estar frenético.

La vid no se esfuerza por producir uvas—simplemente se mantiene conectada a la fuente de vida. Similarmente, cuando permanecemos en Cristo, el fruto espiritual surge naturalmente de esa conexión vital.

Redefiniendo el éxito

En un mundo que mide el éxito por logros externos, necesitamos una perspectiva bíblica. El éxito para el cristiano no se mide por cuánto hace, sino por cuán fielmente obedece a lo que Dios le ha llamado a hacer.

La viuda que dio dos blancas fue elogiada sobre los ricos que dieron mucho más (Lucas 21:1-4). Dios no mide nuestro servicio por estándares humanos sino por la fidelidad con la que usamos lo que Él nos ha dado.

"Porque todos aquéllos echaron para las ofrendas de Dios de lo que les sobra; mas ésta, de su pobreza echó todo el sustento que tenía." (Lucas 21:4)

Viviendo desde la aceptación

El verdadero propósito en lo que hacemos viene cuando entendemos que ya somos completamente aceptados por Dios. No trabajamos para ganar su amor—trabajamos porque ya lo tenemos. Esta perspectiva transforma todo: nuestras motivaciones, nuestros métodos, y nuestros resultados.

Cuando el hacer se desprende del verdadero propósito eterno, encontramos la satisfacción que buscábamos. No en la actividad misma, sino en la relación que da significado a toda actividad.


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