«Desperdicias tu juventud», escuchaba una y otra vez de quienes me rodeaban. Era el lema de todos aquellos que, al preguntarme «¿Qué hiciste durante el fin de semana?», recibían respuestas como: «Fui a la iglesia», «Prediqué a personas en la cárcel» o «Enseñé en el grupo de jóvenes de mi iglesia».
Para muchos, dedicar el tiempo, la energía y la pasión de la juventud a las cosas de Dios es sinónimo de desperdiciar la mejor etapa de la vida.
¿Qué significa ser joven?
La cultura actual ha construido un ideal distorsionado de lo que significa ser joven. En esta perspectiva, la energía juvenil debería estar entregada a la inmoralidad, la vanidad y los excesos. Ser joven es sinónimo de experimentar sin límites. Sin embargo, el problema no es la fuerza y el vigor del espíritu juvenil, sino el propósito en el que se enfocan. Cuando ese ímpetu natural se dispara hacia propósitos vacíos, termina inevitablemente en un verdadero desperdicio de la vida.
Jonathan Edwards entendió esto desde joven. A los veinte años escribió esta resolución que marcó su vida: «Estoy resuelto, de aquí en adelante, hasta que me muera, a nunca actuar como si fuera mi propio dueño, sino entera y completamente de Dios, porque será agradable ser hallado así». Su juventud le pertenecía entera y absolutamente al Señor. Tenía apenas dos décadas de vida, pero contaba con una claridad impresionante, algo que había cultivado gracias a la influencia de la teología puritana.
Para los puritanos, la salvación no consistía simplemente en aceptar a Jesús como un ejercicio intelectual (evangelio objetivo), sino en aceptarlo como Señor y Salvador de cada aspecto de la vida (evangelio subjetivo). Esto implica someternos entera y completamente a Él, de manera que todo lo que somos y tenemos le dé gloria. El teólogo J. I. Packer lo expresa así:
Cuando hablaban de la salvación de los pecadores, los puritanos no solo se referían a su conversión, sino también al crecimiento de su salud espiritual, su fortaleza y su obediencia consagrada, a través de la comunión mutua; en pocas palabras, a su crecimiento en santidad (porque los puritanos usaron esa gran palabra en un sentido tan amplio como para incluir en ella cada aspecto y dimensión de la vida piadosa) (En pos de los puritanos y su piedad, p. 49, énfasis agregado).
Para los puritanos, la piedad y la santidad son esencialmente lo mismo. La vida piadosa es una vida dedicada por completo a Dios. Esta visión no es arbitraria, ya que las Escrituras también emplean el término «piedad» en ese sentido profundo de vida santa. Cuando el apóstol Pablo, ya anciano, escribe a su joven discípulo Timoteo, le exhorta: «Disciplínate a ti mismo para la piedad» (1 Ti 4:7). Pablo no le está invitando simplemente a adoptar buenas prácticas espirituales, sino que lo está llamando a la santidad. Por tanto, cuando Pablo le dice a Timoteo: «Disciplínate para la piedad», lo que le dice es: «¡Santifícate!». Quiero hacerte ese mismo llamado, pero de un joven cristiano a otro joven cristiano.
Estos son tres consejos que nos animan a ser santos y a ejercitarnos para la piedad en el ímpetu de nuestra juventud.
1. Reconoce que no te perteneces
Somos santos en proceso de santificación —aunque suene redundante—, pues Dios nos consagró plenamente para Su uso exclusivo y para pulirnos a la imagen de Jesús. Quiero detenerme en la idea de que hemos sido reservados para el uso de Dios. El teólogo R. C. Sproul explicaba que «las cosas que son santas son apartadas, separadas del resto. Han sido separadas de su lugar común, consagradas al Señor y a Su servicio» (La santidad de Dios, p. 54).
Tu vida fue consagrada y no debe desperdiciarse en lo terrenal, sino invertirse en lo eterno
Esto significa que tu mente, tus manos, tus ojos, tus palabras, tus bienes, todo lo que eres y tienes ha sido apartado para Dios. Así como los utensilios del templo fueron separados y no podían usarse en cosas ordinarias (Éx 30:29), así también tu vida fue consagrada y no debe desperdiciarse en lo terrenal, sino invertirse en lo eterno.
Por lo tanto, no es posible que nos presentemos a lugares que pueden llevarnos a pecar —o consentir con nuestra presencia lo que allí se hace—. Tampoco debemos tener conversaciones ni conductas que manchan el nombre de Dios. Bien decía Pablo a la iglesia de Éfeso que no debemos de comportarnos como los que viven sin Dios, en la vanidad de la mente (Ef 4:17), sino que debemos vivir reconociendo que en todo lo que hagamos debe de haber bondad y santidad.
Si fuimos separados por y para Dios, automáticamente nos convertimos en Sus embajadores (2 Co 5:20). Por tanto, reconozcamos que no nos pertenecemos y que todo lo que hacemos debe tener como fin dar gloria a Dios, incluso lo más pequeño y trivial de la vida. Que quienes nos rodean puedan decir: «Aquí hay santidad».
2. Reconoce que los días son malos
Nunca olvidaré la frase de Jonathan Edwards que usó el Señor para traerme a Sus pies: «Vivir como si faltara una hora para la trompeta final». Esto me dio un sentido de urgencia para ocuparme de mi santidad.
Como jóvenes, sentimos que tendremos una vida larga y eso se convierte en un permiso para ser perezosos en ocuparnos de nuestra salvación. Pero ¿qué pasaría si te dijera que falta una hora para la trompeta final? ¿Harías algo diferente? ¿Serías más aplicado en tu santificación?
Pablo escribe que debemos aprovechar el tiempo porque los días son malos (Ef 5:16). La Palabra de Dios nos llama a desarrollar un sentido de urgencia para que no seamos permisivos en coquetear con el pecado o dilatar el crecimiento en ciertas áreas de nuestras vidas.
Moisés pidió al Señor que le enseñara a contar sus días de modo que arrojara sabiduría a su corazón (Sal 90:12). Él deseaba que cada día rindiera valor en la eternidad y nosotros debemos tener el mismo deseo. No desperdiciemos nuestra juventud y seamos prontos en ocuparnos de lo que hemos descuidado.
Para este propósito, te animo a que leas tu Biblia con regularidad, trabajes por cultivar una vida piadosa, no dejes de congregarte, rinde cuentas a un hermano maduro en la fe, busca consejos, combate tus patrones pecaminosos y sustitúyelos por hábitos piadosos. En fin, cuenta los días de tu vida de tal manera que no exista uno de ellos que no haya servido para amar al Señor.
3. Sé sobrio, justo y piadoso
Los jóvenes todavía estamos en la etapa de construcción de nuestra personalidad y carácter, por lo que tenemos la tendencia a ser influenciados con facilidad. Por eso la Escritura es enfática en instruir al joven en el camino de Dios (Pr 22:6).
Cuenta los días de tu vida de tal manera que no exista uno de ellos que no haya servido para amar al Señor
Pablo le escribe a Tito que renuncie a la impiedad y a los deseos mundanos, y que viva en este mundo de manera sobria, justa y piadosa (Tit 2:12). En el original, la expresión «sobria» (gr. sófronos) hace referencia al buen juicio, a alguien que no se deja embriagar por las ideas mundanas, sino que se mantiene consciente y alerta a las ideologías que intentan seducirlo.
Como escuché al pastor Miguel Núñez decir, nosotros constantemente estamos comiendo ideas, tanto buenas como malas. Así que, procura exponerte solo a aquellas cosas que, al tocar la puerta de tu mente, puedas abrirla para que bajen a santificar y no destruir al corazón. Ten cuidado también con las conversaciones que tienes y el contenido que consumes en Internet, porque sin darte cuenta te pueden desviar del camino correcto y de repente tendrás arena movediza por el cuello.
No menosprecies tu juventud
Que nadie menosprecie nuestra juventud, ni siquiera nosotros mismos. Seamos ejemplo en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza (1 Ti 4:12). No nos dejemos embriagar por las cosas de este mundo ni profanemos lo que Dios ha declarado santo. Seamos prontos en ocuparnos de nuestra salvación a través de los medios de gracia que Dios nos ha dado.
Si hoy llegase a ser tu último día en la tierra, ¿estaría satisfecho de cómo invertiste tu juventud? Mi oración es que sí, que cada vez más jóvenes vivamos entregando nuestro vigor a Dios, al punto de que si hoy tuviéramos que presentarnos a la puerta de cielo, pudiéramos escuchar de la boca de nuestro Salvador: «Bien hecho, buen siervo joven y fiel, entra en el gozo de tu Señor» (cp. Mt 25:23).
">Coalición por el Evangelio.
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