Latinoamérica vive una de las crisis migratorias más significativas de su historia moderna. Millones de venezolanos, centroamericanos, haitianos y otros grupos han tenido que abandonar sus países de origen buscando mejores condiciones de vida, huyendo de la violencia, la pobreza extrema o la persecución política. Esta realidad desafía profundamente a las iglesias cristianas de la región a redescubrir el mandato bíblico de la hospitalidad.
La migración no es un fenómeno nuevo en la historia bíblica. Abraham fue llamado a dejar su tierra (Génesis 12:1), el pueblo de Israel experimentó la esclavitud en Egipto y posteriormente el exilio en Babilonia. El mismo Jesús, junto con María y José, fue refugiado en Egipto durante su infancia (Mateo 2:13-15). Estas experiencias moldean una comprensión bíblica única sobre el trato que debe darse al extranjero.
El mandato bíblico de la hospitalidad
La Escritura es clara y consistente en su llamado a acoger al extranjero. En Levítico 19:34 encontramos una de las declaraciones más contundentes: «Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios».
Este mandato no es meramente humanitario, sino profundamente teológico. Se fundamenta en la experiencia de Israel como pueblo migrante y en el carácter mismo de Dios, quien «ama también al extranjero dándole pan y vestido» (Deuteronomio 10:18).
En el Nuevo Testamento, Hebreos 13:2 nos exhorta: «No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles». La hospitalidad cristiana va más allá del simple acto de recibir; es una expresión concreta del amor de Dios hacia la humanidad.
Los desafíos contemporáneos
Las iglesias latinoamericanas enfrentan desafíos únicos en su respuesta a la migración contemporánea:
Xenofobia y prejuicios: Lamentablemente, algunos contextos eclesiales han sido infiltrados por actitudes xenófobas que contradicen el evangelio. La competencia por recursos escasos puede generar resentimiento hacia los migrantes, especialmente cuando las comunidades receptoras también enfrentan pobreza.
Recursos limitados: Muchas iglesias desean ayudar pero carecen de los recursos materiales necesarios para responder adecuadamente a las necesidades de los migrantes. Esto requiere creatividad, colaboración y dependencia de la providencia divina.
Complejidad legal: Los marcos legales migratorios en la región son complejos y cambiantes, lo que dificulta la ayuda efectiva sin poner en riesgo tanto a los migrantes como a quienes los asisten.
«No podemos cerrar nuestros ojos ante el sufrimiento del prójimo. El amor cristiano se demuestra especialmente en tiempos de crisis, cuando los más vulnerables necesitan nuestra protección.»
Modelos exitosos de hospitalidad cristiana
A pesar de los desafíos, existen ejemplos inspiradores de iglesias que han respondido fielmente al llamado de la hospitalidad:
Redes de apoyo integral: Muchas iglesias han desarrollado programas que van más allá de la ayuda inmediata, ofreciendo capacitación laboral, apoyo psicológico, educación para niños y acompañamiento legal.
Colaboración interdenominacional: La crisis migratoria ha unido a iglesias de diferentes denominaciones en esfuerzos comunes, demostrando que la unidad cristiana se fortalece en el servicio al prójimo.
Advocacy y denuncia profética: Algunas iglesias han alzado su voz profética denunciando políticas migratorias inhumanas y abogando por reformas que reconozcan la dignidad de los migrantes.
La migración como oportunidad misionera
La perspectiva cristiana sobre la migración debe incluir el reconocimiento de las oportunidades misioneras que presenta. Los movimientos migratorios han sido históricamente vehículos de expansión del evangelio.
Muchos migrantes llegan a nuevos países en momentos de vulnerabilidad espiritual, abiertos a encontrar esperanza y propósito en medio de la adversidad. Las iglesias que responden con amor genuino no solo cumplen el mandato de la hospitalidad, sino que también testimonian del amor transformador de Cristo.
Además, los migrantes cristianos que llegan a nuevas tierras traen consigo dones espirituales, experiencias de fe y perspectivas culturales que enriquecen a las iglesias receptoras. La migración puede ser un intercambio mutuo de bendiciones.
Principios prácticos para la acción
Dignidad ante todo: Tratar a cada migrante como un ser humano creado a imagen de Dios, independientemente de su estatus legal o situación económica.
Respuesta integral: Abordar no solo las necesidades materiales inmediatas, sino también las emocionales, espirituales y sociales de los migrantes.
Sostenibilidad: Desarrollar programas que puedan mantenerse a largo plazo, evitando el burnout y asegurando un impacto duradero.
Empoderamiento: Ayudar a los migrantes a desarrollar autonomía y contribuir a sus nuevas comunidades, evitando relaciones de dependencia permanente.
El futuro de la hospitalidad cristiana
Los flujos migratorios en Latinoamérica no disminuirán en el corto plazo. El cambio climático, la inestabilidad política y las desigualdades económicas continuarán generando movilidad humana. Las iglesias deben prepararse para una respuesta sostenible y efectiva.
Esto requiere formación teológica que ayude a los creyentes a comprender la migración desde una perspectiva bíblica, capacitación práctica para responder adecuadamente, y desarrollo de redes de colaboración que multipliquen el impacto del testimonio cristiano.
Como Jesús enseñó en la parábola del juicio final: «Era forastero, y me recogisteis... De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» (Mateo 25:35, 40).
La hospitalidad cristiana hacia los migrantes no es solo una obra de misericordia; es un encuentro con Cristo mismo en el rostro del extranjero necesitado.
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