La familia cristiana se debe levantar como un faro de luz en medio de la oscuridad. Nuestros países viven en tinieblas en una cultura que promueve el individualismo, la fragmentación de las relaciones y la superficialidad en los vínculos.
La familia cristiana está llamada a ser luz no porque sea perfecta ni porque posea en sí misma un poder transformador, sino porque Dios, en Su gracia, ha decidido usarla como un testimonio vivo de Su evangelio. Dios la diseñó como un espacio de formación, refugio y amor. Cuando Cristo gobierna el hogar, nuestras familias se convierten en una vitrina de la gracia de Dios hacia el mundo.
En este artículo, quiero reflexionar sobre la idea del hogar cristiano como una herramienta de evangelismo y lo que esto implica para nuestras familias: abrir las puertas y servir a los demás.
La familia en el diseño de Dios Desde el principio, Dios estableció la familia como la unidad fundamental de la sociedad. En Génesis, vemos cómo el matrimonio entre Adán y Eva se convierte en el inicio de un proyecto de multiplicación, de un dominio responsable de la creación que refleja la imagen de Dios. La familia fue pensada no solo para la procreación y la compañía, sino también para reflejar la gloria del Creador en la tierra.
Cuando Cristo gobierna el hogar, nuestras familias se convierten en una vitrina de la gracia de Dios hacia el mundo
Más tarde, el Señor ordena a los padres de Su pueblo a enseñar diligentemente a sus hijos Sus mandamientos, estatutos y decretos en todo tiempo: al andar, al acostarse, al levantarse (Dt 6:7). La vida familiar debe estar impregnada de la Palabra de Dios. También debemos tener siempre presente que «un don del SEÑOR son los hijos» (Sal 127:3a), lo que enseña que la familia es una herencia que debe administrarse para Dios, no para fines egoístas.
El Nuevo Testamento confirma este propósito. Las instrucciones frecuentes para las relaciones entre cónyuges y entre padres e hijos no son simples consejos de convivencia (p. ej., Ef 5:22 – 6:4; Col 3:18-21), sino que se trata de maneras concretas de reflejar el señorío de Cristo en la vida de aquellos que redimió (Ef 5:21; Col 3:17). De esa manera, el hogar cristiano es un lugar de predicación constante, donde el amor de Cristo se encarna en lo cotidiano.
Para el pueblo de Dios, esto significa que el discipulado comienza en casa y que los padres somos los primeros responsables de la formación integral de nuestros hijos (tanto en lo intelectual, como en lo emocional y espiritual). Somos llamados a modelar en sus vidas la hermosura del evangelio.
Sin embargo, este propósito de Dios no se limita solo a la crianza y el discipulado, sino que la familia en conjunto es una herramienta de evangelización.
El testimonio familiar como evangelización La evangelización suele asociarse con eventos y campañas masivas, predicadores al aire libre y elaborados programas de una iglesia con un gran presupuesto. Sin embargo, la Escritura nos recuerda que el testimonio de vida de los creyentes es un medio fundamental que Dios utiliza para atraer a otros (Mt 5:16). En este sentido, la vida familiar se convierte en un púlpito silencioso pero elocuente para el evangelismo.
La familia es una herencia que debe administrarse para Dios, no para fines egoístas
Cuando un vecino observa a un matrimonio que se respeta y se perdona, cuando ve a padres que instruyen con paciencia y amor a sus hijos o cuando presencia la gratitud y la generosidad en medio de la escasez, algo poderoso ocurre: el mensaje del evangelio se refleja en la vida diaria. Con esto no quiero reducir la predicación del evangelio a un comportamiento familiar, sino que quiero resaltar la importancia de recuperar el potencial de familias redimidas que, conscientes de sus debilidades y dependientes de la gracia de Dios, muestran con sus actos la obra transformadora de Cristo y esto sirve de puente para la predicación del evangelio. Este testimonio cotidiano es una apologética viviente, como lo explica el apóstol Pedro:
Mantengan entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que les calumnian como malhechores, ellos, por razón de las buenas obras de ustedes, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación (1 P 2:12).
Esta convicción se verá diferente en cada familia cristiana. En nuestro caso, Junto a mi esposa Karen hemos tomado la decisión de practicar la educación en casa. No lo hacemos solo por razones pedagógicas o sociales, sino por la convicción de que nuestro hogar es un instrumento en las manos de Cristo para Su propósito. En nuestra experiencia, el homeschooling se ha convertido en un medio para discipular a nuestros hijos, como también en una plataforma para mostrar a quienes nos rodean cómo la gracia de Dios ordena todas las áreas de nuestras vidas.
El testimonio cotidiano es el complemento más poderoso que acompaña nuestra predicación, porque muestra en la práctica cómo se vive la fe en medio de alegrías, pruebas, conflictos y reconciliaciones.
La hospitalidad cristiana como aplicación práctica Creo que una de las mejores formas de mostrar nuestro testimonio es abriendo las puertas del hogar, lo que demuestra la importancia de la hospitalidad cristiana. El Nuevo Testamento enfatiza esta disposición en varias ocasiones: «Sean hospitalarios los unos para con los otros, sin murmuraciones» (1 P 4:9); «No se olviden de mostrar hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles» (He 13:2).
La hospitalidad no se trata de preparar una mesa perfecta o tener una casa impecable para recibir visitas. Es abrir el hogar con sencillez, recibir con gratitud y compartir lo que se tiene, sea mucho o poco. Lo que más impacta no es la calidad del menú, sino el ambiente de amor y paz que Cristo genera en la familia.
En la práctica, esto puede significar invitar a un vecino a cenar, abrir el hogar para un tiempo de conversación, recibir a un familiar en necesidad o compartir un café con alguien que necesita compañía. En esos momentos, la fe se vuelve visible: en la manera de una escucha activa, en la gratitud expresada o simplemente en la disposición a servir.
La vida familiar se convierte en un púlpito silencioso pero elocuente para el evangelismo
El hogar cristiano se convierte entonces en un lugar misionero. Sin hacer viajes ni contar con grandes recursos, podemos cumplir nuestra misión invitando a comer y dando nuestro tiempo en una charla de sobremesa.
En el contexto familiar, la fe fluye de manera natural. Cuando alguien no creyente observa cómo se ora antes de comer, cómo se agradece a Dios por las pequeñas cosas o cómo se manejan los desacuerdos con respeto y perdón está siendo confrontado con una realidad distinta a la que está acostumbrado, una realidad donde Dios es el centro.
Pienso que no siempre existirá la posibilidad de una «presentación formal» del plan de salvación en cada visita, pero a medida que la hospitalidad construye la confianza, surgirán preguntas: ¿Cómo buscan que sus hijos los escuchen y obedezcan con cariño? ¿Cómo logran mantenerse unidos a pesar de las dificultades? ¿Por qué hay gozo en medio de los problemas? Cada respuesta puede apuntar a Cristo, el centro y la razón de nuestra conducta.
Un faro de luz y esperanza La familia cristiana no es un simple refugio contra la adversidad de este mundo, sino un taller vivo donde Dios moldea vidas para Su gloria. Es un faro encendido que indica el camino de esperanza a quienes andan en tinieblas.
En un tiempo en que la sociedad nos empuja al individualismo y a la indiferencia, nuestros hogares pueden transformarse en lugares donde se respira amor, gratitud y servicio a la luz del evangelio.
Comentários