Los expertos en tornados dicen que estos se hacen más fuertes mientras avanzan y, en consecuencia, causan más daños. Algo así ocurre con la revolución sexual. El viento que comenzó a soplar hace décadas, hoy es una tormenta impetuosa que daña a muchas personas.
Lo que era poco común hace treinta años, ahora es normal. Por ejemplo, la perspectiva sobre la desnudez y la sexualidad ha cambiado hasta el punto en que es normal que las películas y series más populares incluyan escenas de desnudos innecesarias y con alto contenido sexual explícito. Esto ha moldeado la percepción de nuestros cuerpos y nuestras relaciones.
Hay quienes piensan que debemos volver a los tiempos previos a la revolución sexual. Sin embargo, lo correcto es volver a los principios bíblicos.
El relato de la creación describe que el primer matrimonio estaba desnudo, pero sin vergüenza (Gn 2:25). Quienes creen que la revolución sexual es aire fresco podrían ver aquí, quizá, un fundamento extra para su argumento. Pero eso sería ver el texto bíblico con lentes de nuestros tiempos, pues el pasaje describe la inocencia antes de la caída y la desnudez matrimonial exclusiva (aparte de Dios, no habían terceros ni espectadores); el texto no es una norma para nuestros días.
Ver el pasaje como un argumento a favor de la revolución sexual es realizar una lectura totalmente distorsionada y perder de vista el significado bíblico de la desnudez en este relato y sus implicaciones.
La desnudez y la vestimenta constituyen más que un tema de modestia: es un tema teológico que nos comunica lo que hemos perdido y lo que Jesús ha hecho para recuperarlo. La frase «desnudos… pero no se avergonzaban» (Gn 2:25) nos comunica una unidad profunda, intimidad deleitosa y confianza segura dentro del matrimonio y en una relación correcta con Dios.
Entendiendo la desnudez de Adán y Eva
Para los hebreos era casi imposible creer que Adán y Eva estuvieran desnudos y sin vergüenza. Para ellos la desnudez era sumamente deshonrosa; en el vocabulario bíblico de su tiempo y debido a nuestro pecado, «descubrir la desnudez» tenía en algunos pasajes un sentido negativo conectado con las relaciones ilícitas (ver Lv 18:6,10; 20:17).
Si queremos comprender lo que nos comunica Génesis 2:25, debemos ubicar la desnudez de la primera pareja en un marco de relación pactual doble. En el versículo previo, la relación de Adán y Eva se describe con las palabras «dejar» y «unir» (Gn 2:22), lo cual refleja una relación exclusiva. Estas palabras son usadas en otros lugares del Pentateuco para describir la relación de pacto entre Dios y Su pueblo (ver Gn 28:15, Dt 10:20; 11:22; 28:20; 30:20). Vemos entonces que la relación de pacto entre Adán y Eva es una relación profunda y seria, por lo que el narrador comenta que en el matrimonio los cónyuges son una sola carne (Gn 2:24).
Es en este contexto de relación de pacto que Adán y Evan estaban desnudos, pero sin vergüenza. Como escribe el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer: «La desnudez es la esencia de la unidad» (Creación y caída, p. 124). Es decir, ambos estaban desnudos porque había una unidad profunda y viva; el uno era para el otro y no tenían miedo de dañarse.
El texto indica también que esta unidad matrimonial, donde la desnudez no era vergonzosa, derivaba de una relación de pacto vertical. Cuando el narrador nos cuenta del momento en el que Dios viene a encontrarse con la primera pareja, dice que «se paseaba [caminaba] en el huerto» (Gn 3:8). Esto nos indica algo habitual, no ocasional; un hábito divino que nos comunica que el Señor habitaba en medio de ellos y que ellos caminaban con Dios (p. ej., Enoc, Noé, Abraham). Dios hace esto solo con aquellos que están en una relación correcta con Él.
En otras palabras, la desnudez de Adán y Eva no era simplemente física: era integral, sin miedo y sin vergüenza; había intimidad y confianza entre ellos y ante Dios. La desnudez estaba vinculada con la inocencia y la inocencia estaba vinculada con la unidad entre Dios y ellos, y entre ellos mismos.
Vemos entonces que la desnudez sin vergüenza, en primer lugar, se vivía en la presencia de Dios ausente de pecado. Es ahí donde la pareja encontraba verdadera unidad, deleite, seguridad y plenitud. Esta desnudez vertical (pacto con Dios) moldeaba su desnudez horizontal (pacto matrimonial).
Vergüenza y vestimenta
Ahora, luego de la caída y la entrada del pecado, todos experimentamos el síndrome de la vergüenza que nos paraliza y nos hace evasivos con Dios. Los casados experimentan lo mismo con su cónyuge. Esa fue la experiencia de la primera pareja.
El conocimiento del mal que adquirieron al comer del árbol prohibido fue experiencial y les trajo vergüenza por su desnudez (Gn 3:7). La desnudez les comunicaba que ya no eran inocentes, sino culpables porque algo estaba roto: por su pecado, ya no podían confiar el uno en el otro ni sentirse seguros ante Dios. La culpa fue experimentada en vergüenza con Dios y entre ellos; esta vergüenza incluía un combo: miedo y evasión (Gn 3:8-10).
Su perspectiva de la desnudez había cambiado y desde ahí cambió para todos nosotros. Ellos intentaron resolver la desnudez vergonzosa, pero no fue suficiente. Cubrirse era necesario, pero no era algo que ellos pudieran lograr con eficacia. El Creador que reposó en el séptimo día (Gn 2:3), debía seguir obrando. El narrador inspirado escribe: «El Señor Dios hizo vestiduras de piel… y los vistió» (Gn 3:21).
El erudito en Antiguo Testamento Mathews Kenneth comenta que «este acto era más que un acto creacional, era un acto salvífico» (Génesis, p. 255). La forma de quitar la vergüenza no era dejándolos desnudos —eso implicaría inocencia, la cual habían perdido—, sino cubriéndolos con pieles, lo cual supone sacrificio.
Esto es de suma importancia. John Piper la explica: «La vestimenta no fue diseñada para llamar la atención ni aún menos para presumir; la vestimenta fue diseñada para comunicar lo que no somos; inocentes sino culpables» (Pacto matrimonial, p. 21). Pero también fue diseñada para comunicar la esperanza de que podemos ser cubiertos con los mantos de justicia de Aquel que murió «desnudo» en la cruz cargando nuestra vergüenza (cp. Is 61:10; Jn 19:23).
Cubiertos en Jesús
Es así cómo, desde Génesis, vemos que la desnudez y la vestimenta es más que un tema de modestia; es un tema teológico. La desnudez está reservada para la presencia de Dios —pues todos vivimos ante Él en todo momento— y para el matrimonio. Y si nuestra vergüenza por el pecado ha sido cubierta en Cristo, podemos recobrar el sentido de estar sin vergüenza ante Dios; disfrutando de unidad, gozo y confianza al saber que Él nos conoce perfectamente y a pesar de eso nos ama en Jesús. En otras palabras, podemos acercarnos «con confianza al trono de la gracia» y habitar en la presencia del Padre (He 4:16).
Por la gracia de Dios, algo similar es posible en el contexto de matrimonio, especialmente el matrimonio entre creyentes. Los cónyuges cubiertos con los mantos de justicia de Cristo pueden pasar de la vulnerabilidad y el miedo a la transparencia y confianza. Pueden entregarse el uno al otro para el deleite mutuo conforme a la Palabra de Dios. No tienen que esconderse ni reservarse nada porque, después de la presencia de Dios, el matrimonio es el lugar seguro para la desnudez sin vergüenza y de esa manera es un eco del Edén en este mundo caído.
Nuestra perspectiva sobre la desnudez y vestimenta debe ser moldeada por la verdad bíblica y no por los aires culturales de la revolución sexual.
">Coalición por el Evangelio.
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