Muchos de nosotros aprendimos en el Catecismo que "Dios me creó para conocerlo, amarlo y servirlo en este mundo, y para ser feliz con Él para siempre en el cielo". Pero, ¿qué significa "amar" a Dios? ¿Cómo se hace eso exactamente? Aunque sin duda podemos realizar "actos de amor", como rezar a Dios o amar a nuestro prójimo, la pregunta fundamental persiste: ¿cómo podemos enseñar a alguien a amar verdaderamente a Dios?
Esta pregunta no es nueva. Ha inquietado a teólogos, místicos y creyentes ordinarios a lo largo de los siglos. La dificultad radica en que el amor a Dios trasciende los límites de la experiencia humana común, mientras que al mismo tiempo debe estar profundamente enraizado en nuestra humanidad.
La Naturaleza Única del Amor Divino
Amar a Dios es diferente a cualquier otro tipo de amor que experimentamos. No podemos verlo físicamente, tocarlo, o recibir respuestas inmediatas y tangibles como en las relaciones humanas. Sin embargo, como dice la Primera Carta de Juan 4:19: "Nosotros amamos porque Él nos amó primero."
Este versículo nos da la primera clave: nuestro amor a Dios es fundamentalmente una respuesta. No es algo que generamos por nosotros mismos, sino algo que surge cuando comenzamos a comprender la profundidad del amor que Él ya nos tiene.
"El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado" - Romanos 5:5
Los Obstáculos para Enseñar el Amor a Dios
1. La Abstracción del Concepto
A diferencia del amor humano, que podemos expresar y recibir de maneras tangibles, el amor a Dios parece abstracto. Los niños especialmente luchan con conceptos que no pueden "ver" o "tocar". ¿Cómo explicar el amor hacia alguien invisible?
2. La Confusión entre Conocimiento y Amor
Muchas veces confundimos conocer acerca de Dios con amar a Dios. Podemos memorizar todos los atributos divinos, las historias bíblicas y las doctrinas, pero el amor requiere una conexión del corazón, no solo de la mente.
3. Las Heridas Relacionales
Nuestras experiencias con figuras de autoridad humana (padres, líderes religiosos) a menudo colorean nuestra percepción de Dios. Si hemos sido heridos por aquellos que supuestamente nos representaban el amor de Dios, puede ser difícil separar esas experiencias de nuestra relación con Él.
Enfoques Prácticos para Enseñar el Amor a Dios
1. Comenzar con la Experiencia del Amor de Dios
Antes de enseñar a alguien a amar a Dios, debemos ayudarle a experimentar Su amor. Esto puede suceder a través de:
• La contemplación de la creación y su belleza
• La reflexión sobre las bendiciones personales
• La lectura de las Escrituras que revelan el carácter amoroso de Dios
• La experiencia de la comunidad cristiana que refleja el amor divino
2. Utilizar Analogías Relacionales
Jesús constantemente usó analogías familiares para explicar conceptos espirituales. Podemos hablar del amor a Dios como:
• El amor de un hijo agradecido hacia un padre perfecto
• El amor de una esposa hacia su esposo fiel
• El amor de un amigo hacia alguien que le salvó la vida
3. Conectar el Amor a Dios con el Amor al Prójimo
Primera de Juan 4:20 dice: "Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?"
El amor a Dios se manifiesta concretamente en nuestro amor hacia otros. Enseñar actos de servicio, compasión y perdón como expresiones del amor divino hace tangible lo intangible.
El Papel de la Oración en el Amor a Dios
La oración no es solo hablar con Dios; es el ejercicio fundamental del amor divino. A través de la oración:
• Desarrollamos intimidad: Como en cualquier relación, el tiempo de calidad profundiza el amor
• Practicamos la vulnerabilidad: Compartir nuestros miedos, esperanzas y luchas más profundas
• Cultivamos la gratitud: Reconocer constantemente Su bondad en nuestras vidas
• Ejercitamos la confianza: Entregar nuestras preocupaciones y planes a Su cuidado
Como enseñó Santa Teresa de Ávila: "La oración no es otra cosa que tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama."
Los Frutos del Amor a Dios
Cuando verdaderamente amamos a Dios, este amor produce frutos evidentes en nuestras vidas:
Gozo Profundo: No dependiente de circunstancias, sino arraigado en la relación con Él
Paz Interior: La confianza en Su soberanía y bondad
Propósito Claro: Entender que existimos para glorificarle y disfrutar de Él
Amor Sacrificial: La capacidad de amar a otros como Él nos ama
El Misterio y la Gracia
Debemos admitir honestamente que hay un misterio irreducible en el amor a Dios. Como dice Isaías 55:8-9: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos."
Al final, el amor a Dios es tanto un don que recibimos como una disciplina que practicamos. Es obra de la gracia divina y al mismo tiempo requiere nuestra participación activa.
Enseñando a Través del Ejemplo
Quizás la forma más poderosa de enseñar el amor a Dios no es a través de palabras, sino a través del ejemplo. Cuando otros ven en nosotros:
• Una alegría que no puede ser explicada por las circunstancias
• Una paz que trasciende el entendimiento
• Un amor que se extiende incluso a los difíciles de amar
• Una esperanza que permanece firme en la adversidad
Entonces preguntan: "¿Qué tienes que yo no tengo?" Y ahí tenemos la oportunidad de hablar del amor transformador de Dios.
Una Invitación, No una Imposición
Finalmente, debemos recordar que no podemos forzar a nadie a amar a Dios. Como escribió C.S. Lewis: "Dios no puede darnos una felicidad y paz aparte de Él mismo, porque no existe tal cosa."
Nuestro papel es ser facilitadores, no creadores del amor divino. Podemos:
• Crear ambientes donde Su amor pueda ser experimentado
• Compartir nuestro propio testimonio de Su fidelidad
• Orar por aquellos que están luchando con esta cuestión
• Ser pacientes con el proceso de crecimiento espiritual
Enseñar a amar a Dios es, en última instancia, participar en la obra del Espíritu Santo en los corazones humanos. Es un privilegio sagrado que requiere humildad, sabiduría y, sobre todo, un amor genuino tanto por Dios como por aquellos a quienes servimos.
El amor a Dios no se puede manufacturar, pero puede ser cultivado. No se puede forzar, pero puede ser facilitado. Y cuando florece, transforma no solo al individuo, sino a toda la comunidad de fe.
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