Una de las aplicaciones más importantes de las Escrituras es la adoración que simplemente descansa en la contemplación de Jesús, que se deleita en la realidad de quién es Él y que siente alegría porque Él simplemente es. Esta forma de adoración, caracterizada por maravilla, asombro y admiración, representa el corazón mismo de la experiencia cristiana auténtica.
Cuando leemos el relato del nacimiento de Jesús en los Evangelios, encontramos patrones consistentes de respuesta que deberían informar nuestra propia aproximación al Señor. Los pastores, los magos, María y José, todos respondieron con asombro y adoración ante las manifestaciones de la gloria divina.
"Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo." - Mateo 2:10
Esta descripción de los magos revela la respuesta apropiada cuando reconocemos las señales de la presencia de Dios. Su gozo no estaba basado en lo que iban a recibir, sino en la realización de que estaban en presencia de algo—o Alguien—infinitamente más grande que ellos mismos.
La Pérdida del Asombro en la Vida Cristiana
En nuestra época, muchos cristianos han perdido la capacidad de simplemente maravillarse ante Jesús. Nos hemos acostumbrado tanto a las verdades del evangelio que han perdido su poder para asombrarnos. La familiaridad ha generado no desprecio, sino una especie de entumecimiento espiritual que nos roba el gozo.
Esta pérdida del asombro es especialmente peligrosa porque transforma nuestra fe de una relación vibrante en una rutina religiosa. Cuando dejamos de maravillarnos ante quién es Jesús, comenzamos a enfocarnos excesivamente en lo que Él puede hacer por nosotros, convirtiendo la fe en un medio para obtener beneficios más que en una relación de amor y adoración.
El salmista David modeló la actitud correcta cuando escribió: "Una cosa he demandado a Jehová, ésta buscaré; que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo" (Salmo 27:4).
Elementos del Verdadero Asombro
El asombro genuino ante Jesús contiene varios elementos distintivos. Primero, incluye reconocimiento de Su transcendencia—la comprensión de que Él es completamente otro, infinitamente superior a todo lo que conocemos o experimentamos en el mundo creado.
Segundo, implica reconocimiento de Su inmanencia—la realidad asombrosa de que este Dios transcendente se ha acercado a nosotros, ha entrado en nuestro mundo, y se ha hecho disponible para una relación personal. Esta combinación de transcendencia e inmanencia debería generar una sensación constante de asombro.
Tercero, el verdadero asombro incluye comprensión de la gracia. Cuanto más entendemos nuestra propia pecaminosidad y la santidad perfecta de Dios, más asombrosa se vuelve la realidad de que Él nos ha salvado, adoptado y llamado a una relación íntima consigo mismo.
Cultivando una Actitud de Adoración
El asombro no es algo que simplemente sucede; debe ser cultivado intencionalmente a través de disciplinas espirituales específicas. La meditación bíblica juega un papel central en esto, pero debe ser una meditación que busca contemplar la persona de Cristo más que simplemente extraer principios prácticos.
Esto significa leer los Evangelios no solo para aprender cómo vivir, sino para conocer más profundamente a Jesús mismo. Significa meditar en Sus nombres, Sus atributos, Sus obras, y Sus palabras con el propósito específico de crecer en admiración por quién es Él.
La oración contemplativa también cultiva el asombro. Este tipo de oración no se enfoca en peticiones sino en simplemente estar en la presencia de Dios, reconociendo Su gloria, y expresando amor y adoración sin agenda particular.
El Modelo de María
María, la madre de Jesús, proporciona un modelo hermoso de adoración caracterizada por asombro. Lucas registra que "María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lucas 2:19). Ella no solo experimentó eventos extraordinarios; los contempló, los procesó, y permitió que transformaran su comprensión de Dios.
Esta actitud contemplativa es esencial para cultivar el asombro. En lugar de apresurarnos a través de nuestras experiencias espirituales, debemos aprender a pausar, reflexionar, y permitir que las verdades sobre Jesús penetren profundamente en nuestros corazones.
María también modeló la humildad apropiada ante la grandeza de Dios. Su Magnificat en Lucas 1:46-55 está lleno de asombro ante la gracia de Dios, reconociendo tanto Su grandeza como Su bondad hacia ella personalmente.
Asombro y Obediencia
El verdadero asombro ante Jesús naturalmente produce obediencia, pero es una obediencia motivada por amor y admiración más que por deber u obligación. Cuando estamos genuinamente maravillados por quién es Jesús, queremos agradarle no porque tenemos que hacerlo sino porque queremos hacerlo.
Esta diferencia de motivación es crucial. La obediencia basada en asombro es sostenible y gozosa, mientras que la obediencia basada solo en deber tiende a generar carga y resentimiento con el tiempo.
Juan captura esta dinámica perfectamente en 1 Juan 4:19: "Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero." Nuestra respuesta de amor y obediencia fluye naturalmente cuando comprendemos y nos asombramos ante Su amor inicial por nosotros.
Restaurando el Sentido de Lo Sagrado
Cultivar asombro también requiere restaurar un sentido de lo sagrado en nuestras vidas. Esto significa crear espacios y tiempos específicamente dedicados a la contemplación de Jesús, libres de las distracciones y preocupaciones cotidianas.
Puede incluir prácticas como adoración personal extendida, retiros espirituales, o simplemente momentos diarios de silencio dedicados a contemplar la gloria de Cristo. El punto es crear oportunidades regulares para que nuestros corazones se sintonicen con la realidad de Su presencia.
También significa aprender a reconocer las manifestaciones de Su gloria en la vida ordinaria—en la belleza de la creación, en actos de bondad humana, en la obra de gracia en nuestras propias vidas y las de otros.
"Ahora vemos por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara." - 1 Corintios 13:12
Pablo nos recuerda que nuestra capacidad actual de ver y asombrarnos ante Jesús es limitada comparada con lo que experimentaremos en la eternidad. Pero esto no debería desalentarnos sino motivarnos a aprovechar al máximo las oportunidades presentes de conocerle y adorarle con asombro genuino.
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