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En Tierra Extraña

¿Vives fuera del país donde naciste? ¿Hay personas en tu comunidad que vienen de otro país? ¿Trabajas con personas que no hablan bien tu idioma? Estas preguntas tocan una realidad cada vez más común en nuestro mundo globalizado, pero también reflejan una experiencia humana tan antigua como la historia misma. La migración, el desarraigo y la búsqueda de un nuevo hogar son temas profundamente bíblicos que nos ayudan a entender tanto nuestra condición humana como el corazón de Dios hacia los extranjeros.

En Tierra Extraña
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La Migración en la Perspectiva Bíblica

Estas cosas no son nuevas. En tiempos bíblicos, la gente dejó todo atrás y se mudó a otra tierra. En ocasiones llegó a ser por su propia decisión y en otras, se vieron obligados a mudarse. La Biblia está llena de historias de personas que abandonaron su tierra natal por diversas razones: hambre, persecución, llamado divino, o circunstancias adversas. Cada una de estas historias nos enseña algo sobre el carácter de Dios y su cuidado por aquellos que se encuentran lejos de casa.

El mandato bíblico hacia los extranjeros es claro y consistente. En Levítico 19:34, Dios ordena: "Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios." Esta no es meramente una sugerencia, sino un mandamiento fundamentado en la propia experiencia histórica del pueblo de Israel y en el carácter mismo de Dios.

Abraham: El Padre de la Fe Como Inmigrante

Hoy llamaríamos iraquí a alguien que vive cerca del sur del río Éufrates. En tiempos bíblicos, un hombre de ese mismo lugar se mudó a otro país; este hombre se llamaba Abraham. Abraham dejó su ciudad natal de Ur de los caldeos y se mudó a un nuevo país (donde se encuentra Israel actualmente) en respuesta al llamado divino: "Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré" (Génesis 12:1).

Al igual que las personas que se mudan a otro país hoy en día, Abraham probablemente enfrentó sospechas y resentimiento por mudarse a una tierra ocupada por los cananeos. ¿Te has enfrentado a esto? ¿Has visto este resentimiento en los demás? ¿Cómo tratas a las personas de otro país que viven cerca de ti? La experiencia de Abraham nos recuerda que la migración ha sido siempre un proceso complejo que involucra no solo al migrante, sino también a las comunidades receptoras.

Hebreos 11:13-16 describe a Abraham y otros patriarcas como personas que "confesaron que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra... anhelaban una mejor, esto es, la celestial." Esta perspectiva eterna transformó su experiencia temporal de ser extranjeros en una búsqueda de la verdadera patria que Dios había preparado para ellos.

José: De la Migración Forzada a la Bendición

El bisnieto de Abraham, José, también se mudó a otro país; no tuvo opción, ya que sus hermanos lo vendieron como esclavo a unos comerciantes ambulantes. Muchos extranjeros en nuestros tiempos modernos se sienten como esclavos en su nuevo país debido a la explotación u otras circunstancias. Sin embargo, José no se dio por vencido con Dios. Hizo lo mejor que pudo todos los días por su maestro egipcio e incluso no abandonó la fe en Dios cuando fue injustamente encarcelado.

La historia de José ilustra cómo Dios puede usar incluso las circunstancias más injustas para cumplir sus propósitos. José mismo reconoció esto cuando les dijo a sus hermanos: "Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo" (Génesis 50:20). Su experiencia como inmigrante forzado se convirtió en el medio por el cual Dios preservó no solo a su familia, sino a las naciones circundantes durante una hambruna devastadora.

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Los Extranjeros que Siguieron al Dios Verdadero

Es probable que algunas personas en tiempos bíblicos se mudaran a un nuevo país porque creían en el Dios de Israel. El rey David en su época reunió hombres a su alrededor antes de que llegara a ser rey; algunos de estos hombres eran extranjeros que se unieron a David y escogieron creer en el Dios viviente de Israel en lugar de los dioses de sus países natales. Estos incluían a Urías el heteo, Zelek el amonita e Itai el geteo, un filisteo.

David mostró tanto su fe en Dios que incluso un líder filisteo, Aquís, usó el nombre del Dios de Israel cuando elogió a David diciendo: "Vive el Señor, que has sido honesto" (1 Samuel 29:6). Esto demuestra el poder del testimonio cristiano auténtico para trascender las barreras culturales y nacionales. Cuando los creyentes viven con integridad en tierras extrañas, su testimonio puede impactar incluso a aquellos que no comparten su fe.

La Migración Espiritual: Extranjeros a Ciudadanos

Del mismo modo, nosotros podemos ser también extranjeros, pero de otra manera. Somos ajenos a Dios si lo mantenemos alejado de nosotros. Sin embargo, cuando conocemos y creemos en las promesas de Dios, y actuamos al ser bautizados, "ya no somos extraños... sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios" (Efesios 2:19).

Pablo explica este concepto más detalladamente en Efesios 2:12-13: "En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa... Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo." Esta transformación espiritual es la migración más importante que cualquier persona puede experimentar.

Implicaciones Prácticas Para la Comunidad Cristiana

Al igual que David, podemos estar convencidos de que el Dios vivo, que lo salvó, también nos salvará a nosotros y nos invitará a ser parte de su familia. Esta convicción debe traducirse en acciones concretas hacia los extranjeros en nuestras comunidades. Las iglesias tienen una oportunidad única de demostrar el amor de Cristo sirviendo tanto a inmigrantes documentados como indocumentados, ofreciendo clases de idioma, asistencia legal, apoyo emocional y, sobre todo, el mensaje de esperanza del evangelio.

La experiencia de ser extranjero, ya sea física o espiritualmente, nos sensibiliza hacia las necesidades de otros que enfrentan desarraigo y búsqueda de pertenencia. Como cristianos que hemos sido adoptados en la familia de Dios, entendemos lo que significa pasar de ser forasteros a ser parte de la casa del Padre.

Reflexión Final: Ciudadanos del Cielo

Filipenses 3:20 nos recuerda que "nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo." Esta perspectiva eterna no nos desconecta de las realidades terrenales, sino que nos equipa para ser mejores vecinos, empleadores, compañeros de trabajo y miembros de la comunidad.

Cuando recordamos que todos somos, en última instancia, extranjeros y peregrinos en esta tierra, buscando la ciudad que tiene fundamentos cuyo arquitecto y constructor es Dios (Hebreos 11:10), desarrollamos una empatía más profunda hacia aquellos que buscan un nuevo hogar y una nueva oportunidad. En el reino de Dios, no hay "nosotros" y "ellos", sino una familia diversa unida por la gracia transformadora de Jesucristo.


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