En la galería de santos canonizados, algunos nombres brillan con luz propia por la excepcionalidad de sus virtudes heroicas. Otros, sin embargo, nos interpelan precisamente por su aparente 'ordinaridad'. La historia que presentamos aquí pertenece a esta segunda categoría: la de una mujer que vivió en las sombras de su tiempo, que enfrentó circunstancias difíciles con una gracia silenciosa, y que nadie en su época habría señalado como candidata obvia a la santidad.
Una vida marcada por la adversidad
Santa Josefina Margaret Bakhita (1869-1947) nació en Sudán cuando la esclavitud aún devastaba África Oriental. Secuestrada a los siete años por traficantes árabes, perdió incluso su nombre original - 'Bakhita' significa 'afortunada' en árabe, un apelativo irónicamente cruel para alguien que viviría años de tortura y humillaciones.
Durante más de una década, Bakhita fue vendida y revendida en mercados de esclavos. Sus dueños la marcaron con cicatrices rituales, la torturaron con sal y la sometieron a abusos que habrían quebrado a personalidades más frágiles. En cualquier evaluación humana convencional, esta mujer parecía destinada al resentimiento, la amargura o la desesperación.
Sin embargo, en el corazón de Bakhita germinaba algo que sus verdugos no podían detectar: una capacidad extraordinaria de perdón y una sed espiritual que ninguna crueldad humana podría extinguir. Estas semillas de santidad permanecían ocultas incluso para ella misma durante los años más oscuros de su cautiverio.
El despertar de la gracia
La transformación de Bakhita comenzó cuando fue vendida a una familia italiana en Sudán. Aunque técnicamente seguía siendo esclava, experimentó por primera vez en años un trato humano básico. Más tarde, cuando la familia regresó a Italia, Bakhita los acompañó y tuvo su primer encuentro con el cristianismo.
En Venecia, mientras cuidaba a la hija de sus dueños en un convento de las Hermanas Canossianas, Bakhita descubrió una verdad que cambiaría radicalmente su comprensión de la existencia: existía un Dios que la amaba incondicionalmente y que había permitido su sufrimiento no como castigo, sino como camino hacia una purificación y una misión únicas.
Su proceso de conversión fue gradual pero profundo. Bakhita no solo abrazó la fe católica, sino que reconoció en sus años de esclavitud una preparación providencial para comprender el misterio del sufrimiento redentor. Su perspectiva sobre su pasado se transformó radicalmente: ya no se veía como víctima, sino como elegida para un propósito divino específico.
Santidad en la simplicidad
Después de obtener legalmente su libertad y ser bautizada, Bakhita ingresó a la congregación de las Hermanas Canossianas donde serviría durante el resto de su vida. Su santidad se manifestó no en éxtasis místicos o milagros espectaculares, sino en la fidelidad heroica a tareas aparentemente mundanas.
Como portera del convento, Bakhita recibía a visitantes con una sonrisa que irradiaba paz interior. Su humildad era tan genuina que muchos la consideraban simplemente una religiosa bondadosa pero sin características especiales. Solo quienes la conocían íntimamente percibían la profundidad de su vida espiritual y la radicalidad de su perdón hacia quienes la habían torturado.
Sus compañeras religiosas testificaron que Bakhita nunca hablaba con amargura de su pasado. Al contrario, expresaba gratitud por sus sufrimientos anteriores porque la habían conducido al conocimiento de Dios. Esta transformación interior - de víctima a testigo gozoso - representa uno de los triunfos más extraordinarios de la gracia divina documentados en la historia de la santidad.
Un legado de esperanza
La canonización de Santa Josefina Bakhita en 2000 por Juan Pablo II envió un mensaje poderoso al mundo contemporáneo. En una época marcada por el tráfico humano, la explotación y diversas formas de esclavitud moderna, su testimonio proclama que ningún sufrimiento es tan grande que no pueda ser transformado por la gracia divina.
Su festividad, celebrada el 8 de febrero, se ha convertido en el Día Internacional de Oración y Reflexión contra la Trata de Personas. Esta designación reconoce que Bakhita no solo superó personalmente su condición de víctima, sino que su testimonio continúa inspirando esfuerzos contemporáneos para combatir la esclavitud en todas sus formas.
La 'mujer que nadie habría llamado santa' durante su vida se reveló como una de las figuras más poderosas del siglo XX para demostrar que la santidad auténtica a menudo se esconde en vidas aparentemente ordinarias, esperando ser revelada por la luz de la gracia divina.
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