En el Salmo 131, el rey David escribe sobre tener «un alma calmada y acallada». Calmada y acallada. Sin duda, esas no son palabras que yo utilice habitualmente para describir mi alma.
Mi marido y yo nos mudamos de Illinois a Carolina del Norte el verano pasado y, si alguna vez te has mudado, sabrás que el proceso es caótico. En las semanas siguientes, sentí que nuestra casa estaba constantemente llena de cajas de mudanza, plástico de burbujas y todo el desorden que conllevan los niños que no están en la escuela por las vacaciones de verano. La vida en ese momento era ajetreada y alegre, pero no había nada tranquilo en mi hogar, lo que hacía más difícil encontrar tranquilidad en mi alma.
David no era ajeno al caos, al cambio, al dolor o a los desafíos. Sufrió mucho más de lo que puedo imaginar, pero experimentó paz. Sabía que el descanso profundo y duradero no depende de nosotros ni de nuestras circunstancias. Depende de Dios.
Entonces, ¿qué se necesita para tener un alma tranquila y serena como la de David?
El descanso requiere humildad
La respuesta se encuentra en Salmos 131:1: «SEÑOR, mi corazón no es soberbio, ni mis ojos altivos; / No ando tras las grandezas, / Ni en cosas demasiado difíciles para mí».
Este versículo muestra una actitud de humildad. David no avanza con una ambición ciega. No intenta hacer más de lo que Dios le ha llamado a hacer. No es arrogante ni se cree superior a los demás. En cambio, acepta el propósito para el que Dios lo creó en el ser y el hacer: no es alguien destinado a saberlo todo ni a hacerlo todo. Por lo tanto, puede descansar como un niño destetado en el regazo de su madre.
La humildad es un requisito previo para el descanso. No tendremos un alma tranquila y serena si nunca admitimos que tenemos miedo, inseguridad, ansiedad o arrogancia. No encontraremos descanso si no creemos que lo necesitamos. Cuando finalmente confesamos que lo necesitamos, el único lugar donde podemos encontrarlo es a través de Cristo.
Pero ¿cómo nuestra falta de humildad nos impide encontrar descanso? Veamos cuatro maneras.
1. Nos negamos a pedir ayuda.
Éxodo 18 nos dice que, cuando Moisés servía solo como juez de los israelitas, su suegro le dijo:
No está bien lo que haces. Con seguridad desfallecerás tú, y también este pueblo que está contigo, porque el trabajo es demasiado pesado para ti. No puedes hacerlo tú solo (vv. 17-18).
¿Cuántos nos estamos agotando porque intentamos hacerlo todo por nuestra cuenta? No queremos lastimar nuestro frágil ego admitiendo que necesitamos algo.
La humildad es un requisito previo para el descanso. No encontraremos descanso si no creemos que lo necesitamos
Proverbios 12:15 dice: «El camino del necio es recto a sus propios ojos, / Pero el que escucha consejos es sabio». Todos necesitamos a Dios y a los demás. Eso no es un defecto, es parte del diseño.
2. Creemos que tenemos derecho a la información.
Nuestra arrogancia puede manifestarse en la creencia de que tenemos derecho a saberlo todo o en el deseo de encontrar seguridad y protección en la información. Cuando David habla en Salmos 131:1 sobre no ocuparse de cosas demasiado grandes y maravillosas, está eligiendo aceptar que su conocimiento es limitado. No está al tanto de todos los detalles del universo.
No es que David esté renunciando a sus responsabilidades. Más bien, se niega a asumir lo que nunca le correspondió llevar.
Nuestra angustia puede provenir de nuestra necesidad de estar completamente informados sobre todo. Inconscientemente pensamos que, si lo sabemos, podemos controlarlo. Esto puede manifestarse en una crianza sobreprotectora, búsquedas incesantes en Google, desplazamiento de fatalidad, actualizar constantemente las noticias o chismes.
En lugar de creer que podemos encontrar seguridad en más información, debemos entregar humildemente nuestras ansiedades al Dios que todo lo sabe. Debemos confiar lo suficiente en Dios como para no tener que conocer todos los detalles.
3. Habitualmente nos comprometemos en exceso.
El compromiso excesivo a veces proviene de la mentalidad de que todo depende de nosotros. Otras veces, tememos lo que pensará la gente si decimos que no. Sea cual sea la razón, muchos estamos frenéticos y agobiados por los plazos, los proyectos y los eventos que creemos que tenemos que hacer, cuando es posible que estemos corriendo a un ritmo que Dios nunca nos pidió.
En Romanos 12:2-8, Pablo habla de cómo todos tenemos diferentes dones que usamos para servir, pero comienza esta sección advirtiéndonos que no pensemos más de nosotros mismos de lo que debemos. En otras palabras, que seamos humildes.
El descanso verdadero y duradero proviene de confiar en Dios y reconocer humildemente nuestro lugar ante Él
Somos el cuerpo de Cristo y, cuando nos sentimos verdaderamente humildes ante el evangelio, reconocemos que somos finitos y dependientes. Trabajamos juntos con otras partes del cuerpo, haciendo lo que estamos llamados a hacer y dejando espacio para que otros hagan lo que Dios les ha llamado a hacer.
4. Hacemos nuestro propio camino.
¿Recuerdas la historia de Génesis 16? La promesa de Dios de darles un heredero a Abraham y Sara parecía estar tardando en cumplirse, por lo que la pareja acordó que deberían tener un hijo con la sierva de Sara, Agar. Pero en Génesis 17, Dios aclaró que sería el hijo de Abraham y Sara a través del cual Dios establecería su pacto.
Al igual que esos santos del Antiguo Testamento, a veces tratamos de adelantarnos a los planes de Dios. Nuestra impaciencia nos lleva a tratar de hacer nuestro propio camino en lugar de esperar en Dios. Pero el tiempo de Dios no es el nuestro. Dios nunca ha tenido prisa, ni la tendrá jamás.
Josué 21:45 dice: «No faltó ni una palabra de las buenas promesas que el SEÑOR había hecho a la casa de Israel. Todas se cumplieron». Nosotros servimos al mismo Dios. Ninguna de Sus promesas quedará sin cumplir. Mientras tanto, nuestra tarea es ser fieles y hacer lo que Él nos pide, sin hacer nuestro propio camino cuando el suyo parece tardar demasiado.
Sostenidos por un Dios bueno
Cuando mi familia se mudó, me preocupaban todos los pequeños detalles y quería que todas las tareas estuvieran terminadas ayer. Pero cuando me detengo a considerar mi preocupación e impaciencia, me doy cuenta de que esos vicios provienen en última instancia del orgullo. No confiaba en que Dios proveería, así que pensé que tenía que resolverlo por mi cuenta y quería que todo se hiciera según mi calendario.
El descanso verdadero y duradero no proviene de una lista de tareas completadas o de circunstancias ordenadas, sino de confiar en Dios y reconocer humildemente nuestro lugar ante Él.
Como un niño destetado en el regazo de su madre, podemos tener un alma calmada y acallada porque un Dios bueno y misericordioso nos sostiene.
Publicado originalmente en The Gospel Coalition.
">Coalición por el Evangelio.
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