Vivimos en una época donde la línea entre lo correcto y lo incorrecto se ha difuminado peligrosamente. La delincuencia ya no se esconde en las sombras; opera a plena luz del día, protegida por estructuras de poder que han perdido su brújula moral. Pero para los cristianos, esto no es una novedad. Isaías ya advertía: "¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz!" (Isaías 5:20).
En América Latina conocemos íntimamente esta realidad. Desde México hasta Argentina, nuestras sociedades han luchado contra la normalización de la corrupción. Cuando los funcionarios públicos roban con impunidad, cuando los carteles operan como estados paralelos, cuando la mentira se vuelve moneda corriente en la política, la sociedad entera se enferma. Y es precisamente en este contexto donde la voz profética de la iglesia debe resonar con mayor claridad.
El Llamado Profético A La Justicia
La tradición bíblica está llena de ejemplos de hombres y mujeres que se levantaron contra la injusticia institucionalizada. Natán confrontó al rey David por su adulterio y asesinato (2 Samuel 12). Jeremías denunció la corrupción de los líderes religiosos y políticos de su época (Jeremías 23). Juan el Bautista perdió la vida por confrontar la inmoralidad de Herodes (Mateo 14:3-12).
Estos profetas no fueron populares en su época. La verdad raramente lo es. Pero entendieron algo fundamental: cuando la justicia perece, toda la sociedad sufre. Como escribió Amós: "Pero corra el juicio como las aguas, y la justicia como impetuoso arroyo" (Amós 5:24). La justicia no es opcional para una sociedad saludable; es esencial.
La Iglesia Como Conciencia Social
En países como Guatemala, donde la corrupción ha alcanzado niveles obscenos, las iglesias evangélicas han jugado un papel crucial como voces de denuncia. Pastores valientes han predicado contra la injusticia, arriesgando sus vidas por defender la verdad. En México, donde el narcotráfico ha infiltrado todos los niveles del gobierno, las congregaciones cristianas han mantenido viva la llama de la esperanza en comunidades devastadas por la violencia.
Esta función profética no es fácil. Requiere valentía, sabiduría y una comprensión clara del evangelio. Jesús mismo nos advirtió: "Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros" (Juan 15:18). Cuando la iglesia denuncia la corrupción, se convierte en enemiga de quienes se benefician de ella.
Más Allá De La Denuncia: La Propuesta Constructiva
Sin embargo, la función de la iglesia no se limita a denunciar lo malo; debe proponer lo bueno. En Colombia, durante los años más duros del conflicto armado, las iglesias no solo condenaron la violencia; establecieron programas de reconciliación, centros de mediación comunitaria, y proyectos de desarrollo social. En Brasil, las iglesias pentecostales han transformado barrios enteros a través de programas de rehabilitación de adictos, centros educativos, y cooperativas económicas.
Esta dimensión constructiva del cristianismo refleja el corazón del evangelio. Jesús no vino solo a denunciar el pecado; vino a ofrecer vida abundante (Juan 10:10). Cuando las iglesias combinan la denuncia profética con la acción transformadora, se convierten en agentes poderosos de cambio social.
La Batalla Por Los Corazones
La corrupción social tiene raíces profundas en la corrupción del corazón humano. Como observó Jeremías: "Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" (Jeremías 17:9). Los programas gubernamentales pueden cambiar estructuras, pero solo el evangelio puede transformar corazones.
En Chile, hemos visto cómo el crecimiento del protestantismo ha coincidido con mejoras en los indicadores de transparencia gubernamental. En Costa Rica, la tradición evangélica ha contribuido a crear una de las democracias más estables de América Latina. Esto no es coincidencia; es el resultado de décadas de formación de ciudadanos con convicciones éticas sólidas basadas en principios bíblicos.
La Responsabilidad Individual
La batalla contra la corrupción no es solo responsabilidad de líderes y pastores; es responsabilidad de cada creyente. Pablo fue claro: "Abstenaos de toda especie de mal" (1 Tesalonicenses 5:22). Esto incluye las "pequeñas" corrupciones que normalizamos: evadir impuestos, sobornar funcionarios, mentir en declaraciones oficiales, comprar productos pirateados.
En países donde la corrupción es endémica, los cristianos enfrentan dilemas éticos complejos. ¿Cómo obtener un permiso sin pagar soborno? ¿Cómo competir en el mercado cuando los competidores no pagan impuestos? ¿Cómo funcionar en sistemas inherentemente corruptos? Estas preguntas no tienen respuestas fáciles, pero tienen una respuesta clara: la integridad no es negociable.
El Poder De La Ejemplaridad
Una de las armas más poderosas contra la corrupción es la ejemplaridad cristiana. Cuando un empresario evangélico se niega a participar en esquemas de evasión fiscal, cuando un funcionario público cristiano rechaza sobornos, cuando una iglesia maneja sus finanzas con transparencia total, están haciendo más que cumplir con sus convicciones; están demostrando que otra forma de vivir es posible.
En Perú, durante la crisis de corrupción conocida como "Lava Jato", algunos de los pocos funcionarios que mantuvieron su integridad fueron cristianos comprometidos. Sus testimonios inspiraron a una generación de jóvenes que habían perdido la fe en la política. Demostraron que la honestidad no es ingenua; es revolucionaria.
La Esperanza A Largo Plazo
La lucha contra la corrupción es maratón, no carrera de velocidad. Los cambios estructurales toman generaciones. Pero cada acto de integridad, cada denuncia profética, cada programa de transformación social, contribuye al cambio gradual pero sostenible.
Las iglesias latinoamericanas están sembrando semillas de transformación que darán fruto en las próximas décadas. Los niños que crecen en hogares cristianos donde se valora la honestidad, los jóvenes que se forman en universidades cristianas donde se enseña ética, los profesionales que se desarrollan en empresas con valores bíblicos, eventualmente ocuparán posiciones de liderazgo en la sociedad.
La Victoria Final
Los profetas del Antiguo Testamento soñaban con un tiempo cuando "la justicia morará en el desierto, y en el campo fértil habitará la rectitud" (Isaías 32:16). Ese tiempo llegará cuando Cristo establezca su reino perfecto. Mientras tanto, trabajamos como ciudadanos del reino de Dios en sociedades imperfectas, manteniendo viva la llama de la justicia, denunciando el mal, construyendo el bien, y confiando en que "al final, la verdad prevalecerá".
Como cristianos latinoamericanos, tenemos tanto el privilegio como la responsabilidad de ser luz en medio de las tinieblas sociales. Que nuestra generación sea recordada no por su complicidad con la corrupción, sino por su valentía para resistirla y su creatividad para superarla. Porque, como nos recuerda Juan: "Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo" (1 Juan 4:4).
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