La historia de Jonás me ha impactado mucho en el último tiempo. Es un libro que aprecio de manera especial porque habla de la misericordia de Dios y de la importancia de un arrepentimiento genuino, y porque la luz de Cristo penetra desde el relato hasta el corazón del lector.
Cuándo leo esta historia, me pregunto: ¿cómo puedo ser diferente a Jonás en un mundo que actúa como él? Debo reconocer que soy más parecido al profeta de lo que quisiera admitir. Sin embargo, su ejemplo negativo nos ayuda, por contraste, a vivir de una manera verdaderamente contracultural.
Un antiprofeta
El primer versículo presenta al personaje principal: Jonás, hijo de Amitai. Sabemos de su ministerio no solo por el libro que lleva su nombre, sino también porque aparece en la crónica de los reyes de Israel: «[Jeroboam] restableció la frontera de Israel… conforme a la palabra que el SEÑOR, Dios de Israel, había hablado por medio de Su siervo el profeta Jonás, hijo de Amitai, que era de Gat Hefer» (2 R 14:25).
Cuando la búsqueda de prosperidad y comodidad desplazan a Dios del centro de nuestras vidas, estamos actuando como Jonás
A este mismo Jonás, Dios llama a ir a Nínive a predicar contra ella (Jon 2:2), pero el profeta decide huir. ¿Por qué? Porque era plenamente consciente de la bondad, el amor y la justicia de Dios. Jonás conocía el poder y la gracia del Señor, y precisamente por eso decidió huir: sabía que Dios podía ser misericordioso también con los ninivitas —los enemigos de Israel— si ellos se arrepentían (Jon 4:2).
Lo que vemos en Jonás es un profeta inusual. A pesar de haber sido llamado a una misión para dar un mensaje de Dios, se rehúsa y entra en plena rebelión. Así inicia su historia, con un trayecto de descenso: Jonás fue bajando, primero a Jope, luego a la bodega del barco, después al mar y finalmente al vientre de un pez. Este descenso físico es un reflejo de su decadencia espiritual al resistir el llamado de Dios.
De la misma manera, los cristianos entramos en una decadencia espiritual cuando nos resistimos a la voz de Dios, le damos la espalda a Sus propósitos y nos negamos a obedecer Su llamado para nuestras vidas. Por ejemplo, cuando la búsqueda de prosperidad y comodidad desplazan a Dios del centro de nuestras vidas, estamos actuando como Jonás.
Viviendo diferente a Jonás
En el vientre del pez, Jonás eleva una oración que culmina con una gran declaración: «La salvación es del SEÑOR» (Jon 2:9). Entonces Dios, en Su misericordia, ordenó al pez que vomite al profeta en tierra, pero el relato no explica si la oración de Jonás nació de un arrepentimiento genuino o de motivos ocultos. Me pregunto si fue así por la reacción de Jonás al final del libro, cuando se enoja al ver que Dios muestra misericordia a Nínive (la misma que había tenido con él).
Hay algunos detalles en la oración de Jonás que me llaman la atención. Dentro del pez, clamó por su salvación (Jon 2:2), pero no se acordó de los marineros ni de los ninivitas. No es que esté mal agradecer por el rescate personal —¡debemos ser agradecidos y muchos salmos bíblicos lo hacen!—, pero su oración quizás nos permite vislumbrar algo del egocentrismo de su corazón. También percibo un tono de queja en sus palabras, si bien Jonás reconoce que Dios es el Soberano y ha orquestado todo lo que le ha sucedido: «Pues me habías echado a lo profundo… todas tus encrespadas olas y tus ondas pasaron sobre mí» (Jon 2:3).
No podemos escondernos de Dios ni salvarnos a nosotros mismos; Su misericordia nos persigue para transformarnos
La manera en que oramos importa. Por eso debemos evaluar nuestro corazón al acercarnos a Dios, porque de nuestro corazón fluyen nuestras palabras.
Desde el inicio del relato, Jonás mostró una actitud egoísta al querer hacer las cosas a su manera y huir de la comisión del Señor. Esa es la mentalidad que predomina en nuestro mundo actual. Vivimos en un mundo que imita la actitud de Jonás, en una cultura de egoísmo. Pero Dios mostró Su gracia al buscar a Jonás aun en la peor de las circunstancias.
Allí Jonás comprendió algo a lo que debemos prestar atención: no podemos escondernos de Dios ni salvarnos a nosotros mismos; Su misericordia nos persigue para transformarnos. Aún al final de la historia, el Señor sigue hablando al corazón endurecido del profeta (4:9-11). Tim Keller explica con claridad cómo Jonás pudo reflexionar en estos asuntos dentro del pez:
Esta idea, que podemos corregirnos a nosotros mismos a través del esfuerzo moral, estaba ciertamente presente en los días de Jonás… Sin embargo… Jonás la rechazó justificadamente. Él afirmó que se estaba hundiendo en el «inframundo», el mundo bajo el agua, el más alejado del mundo de los vivos, y de Dios y Su templo, y «sus rejas se cerraron sobre mí para siempre». Se dio cuenta de que estaba condenado y separado permanentemente por causa de su pecado y rebelión, y que no había forma posible de abrir esas rejas por sí mismo ni saldar su deuda (El profeta pródigo, p. 82).
La señal de Jonás
La experiencia de Jonás en el vientre del pez no fue solo un rescate dramático. También anticipó un milagro aún mayor. Jesús utiliza la historia de Jonás para enseñar sobre Su muerte y resurrección:
Una generación perversa y adúltera demanda señal, y ninguna señal se le dará, sino la señal de Jonás el profeta; porque como estuvo Jonás en el vientre del monstruo marino tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra (Mt 12:39-40).
Esta conexión deja claro que la historia de Jonás apunta a la redención y resurrección. Como la salida de Jonás del pez condujo a la salvación de Nínive, la resurrección de Jesús abre la puerta a la salvación para todos los que creen en Su mensaje.
Como la salida de Jonás del pez condujo a la salvación de Nínive, la resurrección de Jesús abre la puerta a la salvación para todos los que creen
Jesús es el verdadero profeta, quien habla todo lo que le dijo el Padre, quien no se rebela a la voluntad y el plan divino (Jn 12:49; Lc 22:42). Con Su muerte y resurrección nos ha llamado a una vida nueva y transformada, que imite Su ejemplo y no el de Jonás. Los que están en Cristo son nuevas criaturas (2 Co 5:17), diferentes a este mundo egoísta. De eso se trata ser un siervo de Dios.
La salvación pertenece al Señor
Es una pena ver que Jonás termina con una actitud similar a como empezó: con egoísmo. Se enojó con Dios porque fue secada una planta que le daba sombra, pero se negó a tener compasión por una ciudad de ciento veinte mil almas (Jon 4:10-11). La misericordia del profeta era limitada y selectiva, pero la de Dios no.
Jonás vio la gracia del Señor en la ciudad de Nínive, pero también de manera personal en los tres días que pasó en el vientre del monstruo marino. Aunque creo que no entendió en ese momento a lo que esto apuntaba, nosotros hemos visto la gracia de Dios en Cristo, quien pasó tres días en la tumba y resucitó para nuestra salvación.
La vida de Jonás es una invitación a ser diferentes, pero solo la vida de Jesús nos transforma para ser diferentes de verdad. Ríndete al llamado de Dios y no huyas de Su Palabra; sirve a los demás con misericordia, sin juzgar; haz brillar la luz del evangelio tanto en tus palabras como en tu conducta; y declara sin segundas intenciones: ¡La salvación pertenece al Señor!
">Coalición por el Evangelio.
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