Una de las enseñanzas más revolucionarias del cristianismo es que la verdadera libertad no se encuentra en hacer nuestra propia voluntad, sino en alinear nuestros deseos y decisiones con la voluntad perfecta de Dios. Esta verdad, que puede parecer contradictoria a la mentalidad moderna, se revela como la sabiduría más profunda cuando la experimentamos en la vida cotidiana.
Jesús mismo nos dio el ejemplo perfecto de esta entrega cuando oró en Getsemaní: "Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya" (Lucas 22:42). En este momento supremo de su humanidad, Cristo eligió la obediencia al Padre por encima de sus propias preferencias naturales.
La Voluntad Propia Como Fuente de Sufrimiento
La experiencia humana universal nos enseña que la búsqueda obstinada de nuestra propia voluntad a menudo nos conduce al sufrimiento y la frustración. Cuando insistimos en que las circunstancias, las personas y los eventos se conformen a nuestras expectativas, vivimos en constante conflicto con la realidad.
San Juan de la Cruz describía este fenómeno como el "apetito desordenado" que mantiene al alma en prisión. Mientras más nos aferramos a nuestros deseos personales como absolutos, más nos alejamos de la paz interior que Dios desea darnos.
El libro de Proverbios nos advierte: "Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte" (Proverbios 14:12). Nuestra perspectiva limitada y nuestros deseos influenciados por el pecado no siempre nos guían hacia lo que realmente nos conviene.
La Sabiduría Divina vs. La Sabiduría Humana
Dios nos ve desde la eternidad, conoce el fin desde el principio, y comprende perfectamente qué es lo que verdaderamente necesitamos para nuestro crecimiento espiritual y felicidad auténtica. Su voluntad para nosotros no es arbitraria o caprichosa, sino que surge de Su amor infinito y Su sabiduría perfecta.
Como nos asegura el profeta Isaías: "Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos" (Isaías 55:8-9).
Esta diferencia radical entre la perspectiva divina y la humana no debe desanimarnos, sino llenarnos de esperanza. Significa que incluso cuando no entendemos las circunstancias de nuestras vidas, podemos confiar en que Dios está obrando todo para nuestro bien.
El Proceso de Discernimiento Espiritual
Rendir nuestra voluntad a Dios no significa convertirNos en seres pasivos que esperan señales místicas para cada decisión. Más bien, implica cultivar una relación íntima con Dios que nos permita discernir Su voluntad a través de la oración, la Escritura, los consejos sabios y la paz interior.
San Ignacio de Loyola desarrolló todo un método de discernimiento espiritual basado en la observación cuidadosa de los movimientos interiores del alma. Cuando estamos alineados con la voluntad de Dios, experimentamos "consolaciones espirituales": paz profunda, alegría auténtica, fortaleza para servir y amor genuino hacia Dios y el prójimo.
Por el contrario, cuando nos alejamos de Su voluntad, experimentamos "desolaciones": inquietud, tristeza sin causa aparente, tentaciones persistentes y una sensación de vacío espiritual.
La Entrega Progresiva del Corazón
La rendición de nuestra voluntad a Dios no es un evento único, sino un proceso continuo de crecimiento espiritual. Como una cebolla con múltiples capas, vamos descubriendo gradualmente áreas de nuestras vidas que aún no hemos entregado completamente al Señor.
Santa Teresa de Lisieux, la "Pequeña Flor", enseñaba el camino de la "pequeña vía" o "confianza y abandono". Ella entendía que Dios no nos pide gestos heroicos extraordinarios, sino la entrega sencilla y cotidiana de nuestras preocupaciones, planes y deseos.
En sus propias palabras: "Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra". Esta actitud de servicio generoso nace naturalmente cuando dejamos de vivir para nosotros mismos y comenzamos a vivir para agradar a Dios y servir a nuestro prójimo.
Los Obstáculos Para la Entrega
Varios factores pueden dificultar nuestra capacidad para rendir nuestra voluntad a Dios. El orgullo nos hace creer que sabemos mejor que Dios lo que necesitamos. El miedo nos hace dudar de que Dios realmente tenga nuestros mejores intereses en el corazón. El apego desordenado a personas, posesiones o posiciones nos impide confiar completamente en la providencia divina.
San Juan de la Cruz aconsejaba: "Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada. Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada". Esta enseñanza no promueve el masoquismo espiritual, sino la libertad interior que permite a Dios llenarnos con Sus dones superiores.
Los Frutos de la Vida Rendida
Aquellos que perseveran en el camino de la entrega experimentan gradualmente una transformación profunda de carácter. Los vicios que parecían imposibles de vencer comienzan a debilitarse, las virtudes florecen naturalmente, y surge una paz que no depende de las circunstancias externas.
San Pablo describe este proceso en Gálatas 2:20: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí". Esta "muerte" del yo egoísta no es destructiva, sino liberadora. Permite que la vida divina fluya a través de nuestra humanidad transformada.
La Madre Teresa de Calcuta ejemplificaba perfectamente esta vida rendida. Su gozo radiante en medio de las condiciones más difíciles testimoniaba que la felicidad auténtica no depende de las comodidades externas, sino de la unión con la voluntad amorosa de Dios.
La Entrega en las Relaciones Humanas
Uno de los aspectos más desafiantes de rendir nuestra voluntad a Dios se relaciona con nuestras expectativas sobre otras personas. Queremos que nuestros familiares, amigos y colegas se comporten según nuestros deseos y timeline, pero Dios nos llama a amarlos con amor incondicional.
Esto no significa tolerar comportamientos destructivos o renunciar a límites saludables. Más bien, implica amar sin condiciones mientras establecemos límites apropiados cuando es necesario. Como enseñó Jesús: "Sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas" (Mateo 10:16).
Cuando entregamos nuestras relaciones a Dios, dejamos de intentar cambiar a las personas y comenzamos a orar por ellas, confiando en que el Espíritu Santo puede tocar corazones de maneras que nuestras palabras y esfuerzos nunca podrían lograr.
La Entrega en el Sufrimiento
Quizás la prueba más difícil de nuestra entrega viene durante los períodos de sufrimiento y pérdida. Cuando enfrentamos enfermedad, muerte de seres queridos, fracasos profesionales o crisis financieras, nuestra tendencia natural es resistir, quejarnos o desesperarnos.
Sin embargo, es precisamente en estos momentos cuando la entrega a la voluntad de Dios se vuelve más transformadora. No se trata de "resignación" pasiva, sino de confianza activa en que Dios puede traer bien incluso de las situaciones más dolorosas.
San Pablo nos asegura en Romanos 8:28: "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien". Esta promesa no elimina el dolor, pero le da significado y propósito dentro del plan redentor de Dios.
Pasos Prácticos Para Crecer en la Entrega
Para cultivar una vida de mayor entrega a la voluntad divina, podemos adoptar ciertas prácticas espirituales concretas:
Oración diaria de entrega: Comenzar cada día ofreciendo a Dios todas nuestras actividades, decisiones y encuentros. Una oración simple como "Señor, que se haga Tu voluntad en mi vida hoy" puede transformar nuestra perspectiva.
Examen de conciencia nocturno: Al final del día, revisar los momentos cuando actuamos según nuestra voluntad propia versus cuando buscamos agradar a Dios. Esto desarrolla mayor conciencia espiritual.
Lectio Divina: La meditación regular de la Escritura nos familiariza con la mente de Cristo y nos ayuda a discernir Su voluntad en situaciones concretas.
Dirección espiritual: Un guía espiritual experimentado puede ayudarnos a discernir entre nuestros impulsos egoístas y las mociones genuinas del Espíritu Santo.
La Recompensa de la Confianza
Finalmente, es importante recordar que Dios no es un tirano celestial que busca restringir nuestra felicidad. Al contrario, Su voluntad para nosotros siempre apunta hacia nuestro florecimiento integral como seres humanos creados a Su imagen.
Como prometió Jesús en Juan 10:10: "Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia". La vida abundant que Cristo ofrece se experimenta plenamente cuando nuestras voluntades están alineadas con la Suya.
Que tengamos la gracia de vivir cada día con mayor confianza en la bondad de Dios, entregando nuestros planes, preocupaciones y deseos a Aquel que nos ama con amor eterno e incondicional. En esa entrega encontraremos no la pérdida de nosotros mismos, sino el descubrimiento de quiénes fuimos creados para ser.
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