En su reflexión sobre 1 Corintios 1:18 como fundamento para una filosofía bíblica del ministerio, Robb Brunansky nos invita a considerar una de las tensiones más fundamentales que enfrentan las iglesias contemporáneas: cómo desarrollar ministerios efectivos que exalten a Cristo como preeminente sin caer en la tentación de hacer preeminente al hombre o las metodologías humanas. Esta tensión no es meramente técnica o estratégica, sino profundamente teológica, pues toca el corazón mismo de cómo entendemos la obra salvadora de Dios y nuestro rol como instrumentos de esa obra divina.
El pasaje paulino que sirve como punto de partida - "Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios" - establece una distinción radical entre la sabiduría humana y el poder divino que debe informar todo aspecto del ministerio cristiano. Esta distinción no es simplemente una diferencia de grado, sino una diferencia cualitativa que afecta la naturaleza misma de cómo comprendemos la salvación y cómo participamos en la obra evangélica.
La importancia de establecer estos fundamentos bíblicos sólidos se hace evidente cuando consideramos las múltiples formas en que el ministerio contemporáneo puede desviarse hacia enfoques que, aunque bien intencionados, terminan obscureciendo la centralidad de Cristo y la gratuidad de Su gracia. El pragmatismo ministerial, aunque puede producir resultados numericamente impresionantes, corre siempre el riesgo de convertir los métodos humanos en el foco de confianza en lugar de mantener la dependencia radical en el poder transformador del Evangelio.
La obra pasada: el fundamento histórico de nuestra fe
Cualquier comprensión adecuada de la salvación cristiana debe comenzar con el reconocimiento de que la obra salvadora de Dios tiene una dimensión fundamentalmente histórica que se ancla en eventos específicos que ocurrieron en tiempo y espacio reales. La obra pasada de salvación incluye toda la historia de la redención desde la promesa protoevangelística en Génesis 3:15 hasta la consumación de esa promesa en la vida, muerte, y resurrección de Jesucristo.
"La salvación no es una idea abstracta sobre mejoramiento humano, sino una obra histórica concreta realizada por Dios en la persona de Su Hijo encarnado."
Esta dimensión histórica es crucial porque establece que nuestra salvación no depende de nuestras propias obras, decisiones, o transformaciones internas, sino de algo que Dios ya ha hecho completamente fuera de nosotros y antes de nosotros. Cristo ya vivió la vida perfecta que nosotros no pudimos vivir, ya murió la muerte que merecíamos morir, ya resucitó con la victoria que nosotros no podíamos conseguir, y ya ascendió a la diestra del Padre donde intercede continuamente por nosotros.
Esta obra pasada es perfecta, completa, y suficiente. No requiere que añadamos nada a ella, no puede ser mejorada por nuestros esfuerzos, y no está condicionada por nuestras respuestas futuras. Es el fundamento objetivo sobre el cual descansa toda esperanza de salvación y el criterio último por el cual evaluamos toda enseñanza y práctica ministerial.
Para el ministerio práctico, esto significa que predicamos Cristo crucificado y resucitado, no nuestras propias experiencias espirituales o metodologías de crecimiento personal. Dirigimos la atención de las personas hacia lo que Dios ha hecho por ellas en Cristo, no hacia lo que ellas necesitan hacer para Dios. Esta orientación no elimina la importancia de la obediencia cristiana, sino que la fundamenta apropiadamente en la gratitud por la gracia recibida en lugar de en el esfuerzo por ganar la aprobación divina.
La obra presente: la aplicación existencial de la salvación
Aunque la salvación fue lograda completamente en la obra histórica de Cristo, debe ser aplicada individualmente a cada persona a través de la obra presente del Espíritu Santo. Esta aplicación incluye la regeneración, la justificación, la adopción, la santificación, y todos los otros aspectos de la obra salvadora que experimentamos subjetivamente en nuestras vidas espirituales.
La obra presente de salvación mantiene una relación orgánica con la obra pasada: no añade nada a lo que Cristo ya logró, sino que hace efectivo en nosotros lo que Él ya hizo por nosotros. El Espíritu Santo toma la obra perfecta de Cristo y la aplica a corazones específicos, generando fe, arrepentimiento, y nueva vida que fluye naturalmente de la unión con Cristo establecida por la gracia divina.
Esta dimensión presente es importante porque reconoce que aunque la salvación es completamente obra de Dios, no es una realidad meramente externa o legal, sino que produce transformaciones reales y observables en las vidas de aquellos que han sido salvados. Los salvados no solo son declarados justos, sino que comienzan a vivir justamente; no solo son perdonados, sino que desarrollan corazones perdonadores; no solo reciben nueva posición, sino que experimentan nueva disposición.
Para la práctica ministerial, esto significa que esperamos ver frutos de conversión genuina en las vidas de aquellos que profesan fe, pero evaluamos estos frutos como evidencia de la obra de Dios en ellos, no como contribuciones humanas a su salvación. Disciplinamos y formamos a los creyentes en la vida cristiana, pero lo hacemos desde el fundamento de su identidad ya establecida en Cristo, no como manera de establecer esa identidad.
La obra futura: la consumación escatológica de la redención
La obra salvadora de Dios también incluye una dimensión futura que abarca tanto aspectos individuales (la resurrección del cuerpo, la glorificación final) como cósmicos (la creación de nuevos cielos y nueva tierra, la manifestación plena del reino de Dios). Esta dimensión futura no es meramente especulativa, sino que tiene implicaciones profundas para cómo vivimos y ministramos en el presente.
La esperanza de la obra futura de salvación libera a los cristianos de la presión de tener que resolver completamente todos los problemas humanos en esta vida presente. Aunque estamos llamados a trabajar por la justicia, la paz, y el florecimiento humano, lo hacemos con la confianza de que la realización plena de estos valores aguarda la intervención escatológica final de Dios, no depende únicamente de nuestros esfuerzos reformadores.
Esta perspectiva escatológica también proporciona contexto apropiado para entender las limitaciones y frustraciones que experimentamos en el ministerio presente. No todos los enfermos serán sanados, no todos los conflictos serán resueltos, no todos los corazones duros serán ablandados en esta era presente. Pero esto no es evidencia de fallo divino o insuficiencia del Evangelio, sino recordatorio de que vivimos en el período de "ya pero todavía no" donde experimentamos las primicias de la salvación mientras aguardamos su consumación final.
Para la práctica ministerial, la dimensión futura nos mantiene en perspectiva adecuada sobre el éxito y fracaso ministerial, nos proporciona esperanza durante períodos de desaliento, y nos recuerda que nuestro trabajo no es en vano en el Señor, aunque no siempre veamos resultados inmediatos o dramáticos.
Integrando las tres dimensiones en la filosofía ministerial
Una filosofía bíblica del ministerio debe integrar coherentemente estas tres dimensiones temporales de la obra salvadora de Dios, evitando los desequilibrios que resultan cuando se enfatiza una dimensión a expensas de las otras. El ministerio que se enfoca excesivamente en la obra pasada puede volverse académico y distante de las necesidades existenciales de las personas. El que enfatiza desproporcionadamente la obra presente puede volverse experiencial y subjetivo. El que se concentra principalmente en la obra futura puede volverse escapista e irrelevante para los desafíos actuales.
La integración apropiada reconoce que predicamos la obra pasada de Cristo como fundamento de toda esperanza, cultivamos la obra presente del Espíritu a través de los medios de gracia, y orientamos a las personas hacia la obra futura de Dios como contexto último de toda actividad presente. Esta integración produce ministerios que son simultáneamente fundamentados bíblicamente, relevantes existencialmente, y esperanzados escatológicamente.
Prácticamente, esto se manifesta en predicación que proclama los hechos históricos del Evangelio mientras los conecta con las necesidades presentes de los oyentes y los sitúa en el contexto de la esperanza eterna. Se refleja en consejería que ayuda a las personas a entender su identidad basada en lo que Cristo ya hizo por ellas, a experimentar la transformación que el Espíritu está realizando en ellas, y a vivir a la luz de la esperanza que aguarda su realización futura.
Implicaciones para el liderazgo ministerial contemporáneo
Los líderes ministeriales contemporáneos enfrentan presiones constantes de adoptar metodologías que prometen efectividad inmediata pero que pueden comprometer la centralidad del Evangelio. La claridad sobre las dimensiones pasada, presente, y futura de la salvación proporciona criterios para evaluar estas metodologías y mantener el ministerio centrado en Cristo en lugar de centrado en métodos humanos.
Esta perspectiva teológica también ayuda a los líderes a mantener expectativas apropiadas sobre lo que el ministerio puede y debe lograr. El ministerio fiel proclama fielmente el Evangelio y depende del Espíritu Santo para aplicarlo, pero no garantiza resultados específicos ni se hace responsable de la respuesta de las personas al mensaje proclamado.
Al mismo tiempo, esta comprensión de la obra salvadora de Dios genera gran confianza en la efectividad última del ministerio evangélico. Aunque no podemos controlar los resultados, podemos confiar en que Dios está trabajando poderosamente a través de Su Palabra proclamada fielmente para lograr Sus propósitos salvadores en el mundo.
Aplicaciones prácticas para la vida congregacional
Una comprensión integrada de la obra pasada, presente, y futura de salvación tiene múltiples aplicaciones para la vida práctica de las congregaciones cristianas. Informa cómo estructuramos la adoración pública, enfocándola en la celebración de lo que Dios ha hecho, está haciendo, y hará en Cristo. Guía cómo abordamos la formación discipular, fundamentándola en la identidad ya establecida en Cristo mientras cultivamos el crecimiento que fluye de esa identidad.
Esta perspectiva también afecta cómo las congregaciones abordan temas de justicia social y compromiso cultural. Trabajamos por la justicia como expresión de gratitud por la justicia que hemos recibido en Cristo, no como manera de ganar aprobación divina. Nos involucramos en la transformación cultural con esperanza porque sabemos que Dios está obrando para renovar todas las cosas, pero sin la presión de tener que lograr el reino perfecto a través de nuestros esfuerzos humanos.
En la práctica de la disciplina eclesiástica, esta comprensión nos ayuda a mantener el equilibrio apropiado entre gracia y responsabilidad, reconociendo que disciplinamos desde el fundamento del amor redentor, no como manera de establecer nuestra posición con Dios.
Hacia una renovación de la comprensión bíblica de la salvación
La reflexión de Robb Brunansky sobre 1 Corintios 1:18 como fundamento para la filosofía ministerial apunta hacia la necesidad más amplia de renovar nuestra comprensión bíblica de la salvación en toda su riqueza y complejidad. Esta renovación no es simplemente un ejercicio académico, sino una necesidad pastoral urgente en contextos donde el Evangelio frecuentemente se reduce a fórmulas simplificadas que no capturan la magnificencia de la obra salvadora de Dios.
Una comprensión renovada de la salvación como obra pasada, presente, y futura de Dios puede restaurar el asombro y la gratitud que deben caracterizar la vida cristiana, puede proporcionar fundamentos sólidos para ministerios que exalten a Cristo en lugar de metodologías humanas, y puede generar la confianza necesaria para ministrar fielmente incluso cuando los resultados inmediatos no son visibles.
Que esta reflexión inspire a pastores, líderes, y creyentes en general a profundizar en su comprensión de la obra salvadora de Dios y a permitir que esa comprensión reforme cada aspecto de su vida y ministerio, para que Cristo sea verdaderamente preeminente en todas las cosas y el poder de Dios, no la sabiduría humana, sea reconocido como la fuente única de toda transformación espiritual auténtica.
Kommentare